lunes, 16 de diciembre de 2024

REFLEXIONES

Marcos Moreno González

En este blog no quería explicar algún estudio de caso o problemática, sino que he preferido reflexionar acerca de una experiencia que he tenido recientemente. En una tarea de clase teníamos que hacer un trabajo con el empleo de nuevas tecnologías. En nuestro caso, decidimos que lo mejor sería hacer TikToks divulgativos del contenido del trabajo. Hasta aquí cualquiera piensa que puede ser normal la experiencia, sin embrago, mi frustración llega a la hora de tener que explicar a cámara el trabajo, verme grabándome mientras explicaba mi parte del trabajo y pensaba lo disociativo que es verte a ti mismo en cámara a tiempo real hablando, sabiendo que eso mismo tienes que editarlo, por lo tanto, volver a verlo las veces que sean necesario, y acabar publicándolo. Entonces, cuando estás inmerso en el proceso de creación del video tienes que repetir una y otra vez porque saber que te estás grabando te pone nervioso y fallas trabándote, olvidarte cosas o explicándolo mal. Además, tienes que hablar con un tono persuasivo que capte la atención de la audiencia. En sí, tienes que hacer todo sabiendo que hay gente viéndolo y tienes que hacerlo lo mejor posible para que la mayor cantidad de gente se quede a verlo y capar su atención.

La verdad que ahora escribiéndolo me parece una soberana gilipollez lo que estoy diciendo, pero en el momento que lo grabé me pareció algo super disociativo y aún más pensar que hay gente que se dedica a ello. Hay gente cuyo modus vivendi es grabarse hablando de su vida, haciendo cosas y en sí poniendo la cámara frente a ellos, hablar, editar esos videos, subirlos y esperar a que tenga engagement para su cuenta. Lo peor no es eso, sino que hay un componente narcisista en todo esto (lo repito mucho). Y es en el hecho de que estas personas se piensen que todo lo que diga importa a la sociedad; que hay una expectación por su vida, por sus palabras; que hay necesidad de validación de todo aquello que se cuenta a base de likes y comentarios. Y, en todo esto, también hay que analizar el hecho de que, si haces tu modus vivendi el publicar tu vida, opiniones y acciones llega un punto en el que puedes hasta perder tu noción de la intimidad dando pie a todo tu público a que te juzgue.

Lo peor de esto es en el momento en el que se combinan las ideas de los dos párrafos; pasa algo en tu vida o carrera en redes que se vuelve una polémica y tienes que grabarte dando explicaciones. Por ejemplo, en el caso del blog anterior en el que se comentaba el encarcelamiento del marido de la influencer Madame de rosa por atraco, tráfico de drogas, fuga… que tuvo que grabarse y editarse llorando y dando explicaciones sobre su relación (supongo que se lo editarían porque pagará a alguien para que se lo haga). Me parece algo de estar completamente disociada tener que llorar frente a una cámara, mirarte en la pantalla mientras te grabas para saber si sales guapa, tener que hacer un trabajo previo de ponerte ropa en colores claros porque sabes que así proyectas mejor imagen, adecentarte cruces en el cuello para vincularte con valores cristianos, narrar tu discurso y luego tener que editarlo mientras ves una y otra vez llorando. Todo este proceso me parece que hace que separes tu persona, tu identidad corpórea y física de la que proyectas en internet. Y puedes pensar que es parecido a la gente que vende su vida en televisión y acaba llorando, pero, a mi juicio, me parece aún más disociativo y narcisista porque tú trabajas con tus propios medios y tú eres la persona qué tienes que encender las luces, encontrar el mejor plano para verte mejor, vestirte de la manera menos inofensiva y que te haga ver mejor, editarte, publicarte etc. Mientras que en televisión tú vas ahí, cuentas tu movida y todo lo demás, en mayor o menor medida, es responsabilidad de otros.

No sé si esta entrada es algo absurda pero la verdad que ha sido algo extraño todo este proceso de creación y publicación de un TikTok y, sobre todo, el plantearte como lo vivirán las personas cuyo modo de vida se basa en esto. Pero como cierre, como no te vas a volver una persona narcisista en redes cuando tienes que estar grabándote y exponiéndote con la ansiedad de que ese contenido llegue a gente y tenga éxito.

lunes, 9 de diciembre de 2024

Te pierdo y no te voy a encontrar

Además de las conversaciones incómodas, muchas conversaciones importantes han sido trasladadas al plano digital. Esto vuelve a estar vinculado con la incomodidad que normalmente las acompaña. Resulta difícil “romper el hielo” y “lanzarse a la piscina” a la hora de realizar una declaración de amor (o de guerra) o de dar inicio a lo que será una despedida sin final. A todo esto, se le debe sumar la incursión de lo tecnológico en nuestra cotidianidad. Son muchas las veces en las que, a pesar de estar cara a cara, la comunicación se establece vía online. Este modo se considera más íntimo; recibir un mensaje privado cuando estás rodeado es sinónimo de complicidad. El “cuentitos a la oreja, cuentitos de vieja” ha evolucionado y, ahora, puede ser reemplazado por algo así como “mensajitos al privado, mensajitos de pringado”. 

Los mensajes se convierten en algo más que simples acumulaciones de palabras. Suponen una recopilación de pequeños gestos que adquieren un mayor significado según su contexto; un simulacro de las verdaderas conversaciones fugaces, que son “llevadas por el viento”. Los chats de Whatsapp componen un diario compartido, lleno de fotos, momentos y vídeos. Deslizando por la conversación, todos esos recuerdos abandonan la pantalla y transportan a su lector, que es a su vez emisor y receptor. Mediante la lectura de una serie de mensajes, se reafirma la legitimidad de la relación establecida entre los participantes del chat. Sin embargo, se trata de un diario etéreo de fácil pérdida. 

¿Qué pasa si un día te levantas y han desaparecido todos los datos de Whatsapp? Ese diario compartido se habrá desvanecido para siempre, no hay ningún sitio donde se pueda buscar. No existe una papelera digital o, al menos, no existe una que se pueda alcanzar con facilidad. Aquel diario íntimo no estará entre las sábanas ni debajo del sofá. Se habrá perdido de verdad, ¿cómo justificar entonces que entre los miembros del chat existe (o existía) una relación genial? 

Hemos vuelto a encerrar lo espontáneo dentro de una pantalla rectangular. Esto nos lleva a generar vínculos con conversaciones y demás gestos que, antes, se perdían en el directo.

NAYARA GARDE, GRUPO 61


domingo, 8 de diciembre de 2024

¡Eureka!

 La "anagnorisis", ese término griego que se traduce como "reconocimiento" o "descubrimiento", ha sido un pilar fundamental en la narrativa desde los tiempos de Sófocles y Aristóteles. Se refiere a ese momento revelador en el que un personaje, o incluso el espectador, alcanza una nueva comprensión de su identidad o de la situación que lo rodea. Sin embargo, en la actualidad, parece que estamos perdiendo esta capacidad de reconocimiento profundo, y las nuevas tecnologías tienen mucho que ver en ello.


Vivimos en un mundo donde la información está al alcance de un clic. Las redes sociales, los smartphones y las aplicaciones nos bombardean constantemente con datos, imágenes y opiniones. Si bien esto puede parecer una bendición, también ha creado un entorno donde la superficialidad reina. La anagnorisis, que requiere tiempo, reflexión y una conexión genuina con uno mismo y con los demás, se ve amenazada por la inmediatez de la era digital.
Imaginemos a un joven que, en lugar de sumergirse en un libro que lo lleve a cuestionar su existencia, prefiere desplazarse por un feed de Instagram. En este espacio, las imágenes son cuidadosamente curadas y los mensajes son breves y, a menudo, vacíos. La profundidad de la experiencia humana se reduce a "likes" y comentarios efímeros. La posibilidad de un momento de revelación, de un "¡Eureka!" personal, se diluye en la inmediatez de la gratificación digital.

Además, la sobrecarga de información puede llevar a la confusión y a la desorientación. En lugar de encontrar claridad a través de la introspección, muchos se ven atrapados en un ciclo de comparación constante. La anagnorisis, que debería ser un proceso interno, se convierte en una búsqueda externa de validación. ¿Cuántas veces hemos visto a alguien que, en lugar de reflexionar sobre su vida, busca respuestas en las tendencias de Twitter o en los videos virales de TikTok?Por otro lado, las nuevas tecnologías también han transformado la forma en que nos comunicamos. Las conversaciones cara a cara han sido reemplazadas en gran medida por mensajes de texto y emojis. Esta falta de conexión con el otro supone la difuminación de las huellas, el abandono total con respecto al mundo. 

La rebelión de las palabras no escuchadas

En un mundo donde la vida parece no existir si no es publicada y aprobada por otros, la esencia del ser humano, en su forma más pura y vulnerable, se ve forzada a esconderse. Las redes sociales han transformado nuestras experiencias más genuinas en mercancías que deben ser consumidas, analizadas y, lo peor, comparadas. Cada conversación, cada gesto, cada sentimiento se convierte en contenido. Pero en medio de la continua exposición, existen momentos, raros pero preciosos, que escapan a la dictadura del ojo público: esos instantes compartidos en la intimidad, que no necesitan ser vistos por nadie más para tener valor; un abrazo, un beso, una conversación real.

Es en el silencio de un sofá, lejos de las cámaras y los flashes, donde el amor y la conexión humana realmente florecen, casi como un susurro que nadie puede escuchar. Dos personas sentadas, cómodas, sin filtros, sin la necesidad de crear una imagen perfecta para satisfacer las expectativas de las masas virtuales. Es ahí, en ese espacio privado, donde la verdadera conexión emerge.Es cuando por fin, somos capaces de crear un vínculo verdadero. Mientras el mundo sigue obsesionado con el número de likes o los comentarios vacíos de aprobación, un simple momento compartido de vulnerabilidad en una conversación se convierte en un acto casi subversivo.

La sociedad digital ha hecho del placer y la satisfacción algo que debe ser mostrado, filtrado y catalogado. No basta con disfrutar de una comida deliciosa o de un día cualquiera. Ahora todo debe ser compartido, porque si no se ve, ¿realmente existe? En ese sentido, las redes sociales han conseguido que la más pura de las experiencias humanas se convierta en un espectáculo constante, una obsesión por lo visible, lo estéticamente aceptado. Sin embargo, lo que se pierde en esta constante necesidad de aprobación es la esencia misma de la intimidad. La verdadera conexión no está en lo que se muestra, sino en lo que se vive en privado, en lo que no necesita ser validado para ser importante.

Y es en este acto, tan sencillo como hablar en un sofá, que nace una resistencia profunda, un refugio secreto donde la autenticidad no depende de una audiencia, sino de la conexión genuina entre dos almas. Al no mostrarlo al mundo, el placer de la conversación se eleva, pues no está condicionado por la expectativa ni por el deseo de ser visto. En un entorno que exige visibilidad, el valor de lo invisible se revela como un acto de valentía. Me atrevería a decir que la verdadera libertad, entonces, se encuentra en los momentos compartidos en la oscuridad, donde el rostro del otro es lo único que importa, y las palabras se tejen como un refugio que no necesita ser visto para existir. En ese espacio, lo íntimo no se pierde, sino que florece en su forma más pura.


¿De dónde viene la ansiedad?

El otro día estuve hablando con mi madre sobre los traumas. Decía yo, muy comprensiva, algo así como; "Debe entenderse a tal persona, aunque no se la justifique, porque tiene muchos traumas". Ella me dio la respuesta previsible que tantas veces hemos oído los jóvenes de cristal como yo de la boca de la generación de nuestros padres: "¿Qué traumas? Antes nadie decía que tenía traumas. Yo no tengo ningún trauma". Pero, aunque he escuchado mil veces la misma idea reformulada de mil maneras distintas, esta vez, por lo que sea, me hizo reflexionar. Desde hace años, entre mis amigos siempre se ha usado muy a la ligera la palabra "trauma". Cuando rememoramos episodios vergonzosos de la ESO, como tal clase, tal error garrafal o tal conversación incómoda, los calificamos, enseguida (y medio en broma), como "traumas". 

En mi entrada sobre el lenguaje de autoayuda pseudo-terapéutico neoliberal, concluí que el uso de este tipo de palabras responde a una necesidad de guía, de sentido. Proporcionan un marco en el que situar el sentimiento para, desde ahí, lidiar con él de acuerdo a unos pasos sencillos, una especie de receta sobre cómo ser un ser humano o cómo actuar. Nadie quiere ser libre, determiné. Trauma, desde luego, es una de esas palabras útiles; permite, muy rápidamente, no solo calificar la importancia de un episodio para nosotros mismos, sino también que los demás se hagan una idea del carácter determinante de un momento pasado para nosotros.

Ansiedad es, quizás, otro de esos términos adoptados del lenguaje terapéutico que hemos asumido en la conversación informal, y otra de esas afecciones que, según mi madre, los jóvenes del pasado no padecían. Lo cierto es que parece que los datos muestran una incidencia creciente de este tipo de trastornos ansiosos entre las personas de 18 a 24 años; en este grupo de edad, uno de cada tres individuos señala haber experimentado un problema de salud mental, ya sea depresión o ansiedad. En el año 2000, la proporción era de uno a cuatro. En España, se ha dado un aumento de las hospitalizaciones psiquiátricas de jóvenes de forma constante desde el inicio de siglo, y el suicidio se ha convertido entre estos en la primera causa de muerte prematura. Además, en torno al 60% de las personas entre 25 y 29 años toma benzodiacepinas para la ansiedad o para dormir mejor

Es evidente que estos datos responden a una serie de causas. Pero ¿a cuáles? ¿Ha desarrollado mi generación simultáneamente una mutación que provoca un desequilibrio químico de fábrica? Se está tratando como si este fuera el caso. ¿Es posible que se esté dando una respuesta farmacológica (y cognitivo-conductual) a un germen mucho más profundo, estructural? Y, por tanto, ¿a qué responde la responsabilización individual de los "problemas" mentales de los individuos a ellos mismos, a una especie de fallo moral o personal o predisposición genética? ¿Qué papel juegan las redes sociales en esta responsabilización, y en el aumento de la incidencia de trastornos mentales, en particular, de la ansiedad? Se me ocurren muchas preguntas. Todas podrían resumirse en: ¿de dónde viene la ansiedad?

Antes, siempre que se me decía que en el pasado la gente no tenía traumas, ni ansiedad ni esas enfermedades modernas se ha inventado mi generación en Internet, yo reflexionaba para mis adentros que la respuesta al debate se daba en una cuestión lingüística. La clave, pensaba yo, era que antes no había palabras que dieran nombre a los sentimientos conflictivos que experimentaban las personas. Ahora, gracias a la divulgación en redes, todos conocemos las denominaciones científicas, objetivas, de nuestros trastornos, que ya existían antes, solo que sin una calificación que nos permitiera tratarlos. Sin embargo, he cambiado de opinión, como he hecho evidente en entradas previas. Ya no estoy tan segura de que estos términos se refieran a realidades objetivas; me pregunto, más bien, si no las crean ellos mismos, para facilitar la existencia (que no la vida) a las personas que se sienten deprimidas o ansiosas en el seno de un sistema al que los "trastornados" no resultan útiles.

Esto complica las cosas, claro. Si el problema no es que las generaciones previas no poseyeran el lenguaje "adecuado", sino que hay un motivo estructural por el cual los jóvenes de ahora sufren más, en general, ¿cuál es este motivo? Es evidente que las redes sociales son solo parte del problema pero, aun así, probablemente se relacionen con la cuestión de muchos modos. ¿O es casualidad que sea la generación que más expuesta ha estado desde su más tierna infancia  a las redes (los "nativos digitales") sea, ya adulta, la que más tiende a desarrollar este tipo de trastornos? Me pregunto, ¿será culpa de la nostalgia? ¿De los nuevos requisitos y formas de relación que impone la infraestructura de las redes a las conexiones humanas? ¿Del lenguaje que en ellas se emplea? ¿Del aislamiento que motiva su uso diario? ¿De la estimulación continua de los receptores de dopamina? ¿De la exposición constante a todos los hechos terribles que se dan en todas partes, con causa humana, y que parecen precipitarnos en todo momento al fin del mundo? Hay muchas cuestiones que me gustaría haber tratado en esta entrada, o en mis entradas de blog, en general, que se han quedado en el aire. Cierro con muchas preguntas, y con pocas respuestas. Pero quizás las preguntas ya sirvan de algo.

Alejandra Martínez Rodríguez

sábado, 7 de diciembre de 2024

60 mil minutos de ruido y un himno al silencio

El otro día, en una de mis navegaciones constantes en la interfaz de Twitter (me reservo el derecho a negarme a llamarlo X) me deparé con alguien que afirmaba que tener más de 10 mil minutos escucha en Spotify, era un sinónimo de no poder estar solos con nuestros propios pensamientos. Es curioso, porque aparte de tener más de 60 mil minutos contabilizados por las estadísticas de Spotify, mientras escribo esto, estoy escuchando Enjoy The Silence, de Depeche Mode. Irónicamente (porque me considero una de estas personas que no soporta el estar en silencio, de ahí tantas decoloraciones y cambios de look), es mi canción favorita. Ante eso, me propongo analizar la incongruencia entre el fenómeno Spotify Wrapped y la canción de la banda británica.

Contextualizando un poco, cada final de año, Spotify inunda las redes sociales con un vistazo colorido a nuestras tendencias musicales del año a través de la publicación de sus estadísticas sobre cada usuario. A esto se le ha denominado Spotify Wrapped. Nos recuerda las canciones que definieron nuestros momentos, los géneros que exploramos, e incluso cuánto tiempo dedicamos al sonido, algo que parece divertido a simple vista. Pero, en una sociedad en la que muchos sufrimos por la ansiedad constante, ¿alguna vez te has detenido a pensar en lo que este fenómeno dice sobre nuestra relación con el silencio?

La ansiedad, en sí, guarda una relación completamente paradójica con el silencio. Por un lado, el silencio es visto como una vía para la calma y la introspección, pero para quienes lidian con ansiedad, el silencio puede ser un disparador poderoso. Además, la ansiedad a menudo implica una hiperactividad mental, un estado en el que la mente busca constantemente problemas que resolver o amenazas que anticipar. El silencio, lejos de ser un refugio, se convierte en el escenario perfecto para que estos patrones de pensamiento ganen fuerza

En este caso, Spotify Wrapped no solo es un escaparate de nuestras preferencias musicales; también es un reflejo de cómo usamos el sonido para llenar espacios. Cada minuto registrado puede ser evidencia de cómo buscamos evitar el silencio, especialmente para quienes lidian con la ansiedad. El acceso constante a música y podcasts nos permite construir un escudo contra los pensamientos intrusivos que pueden surgir en el silencio. En lugar de enfrentarnos a la calma, preferimos el acompañamiento de nuestras playlists, diseñadas para cada momento: trabajar, entrenar, relajarnos o incluso dormir. 

Dejamos de hacer una escucha activa y damos lugar a la pasiva, perdiendo también la posibilidad de contemplar y apreciar el arte musical. Nos hemos acostumbrado tanto al ruido que el silencio se siente como un vacío incómodo. En lugar de incentivarnos a afrontar directamente esa necesidad de estar cómodos con nosotros mismos, Spotify Wrapped la envuelve en colores brillantes y tendencias sociales, transformándola en un acto de conexión digital sobre el cual se erige una competición sobre quién tiene más minutos de escucha o ha consumido a más artistas. 

En contraste, Enjoy the Silence de Depeche Mode ofrece una perspectiva radicalmente distinta. La propia canción sugiere que las palabras, a menudo, resultan en un acto de violencia, por lo que son innecesarias, mientras que al silencio, le rodea un valor intrínseco, al cuál se debe respetar y apreciar, teniendo en cuenta todo aquello que necesitamos, que ya está a nuestra disposición. No hablamos únicamente de una obra maestra musical, sino también de un recordatorio de que el silencio debe ser una fuente de consuelo, algo que podemos observar en su videoclip: Dave Gahan busca un lugar ideal para sentarse y simplemente disfrutar del silencio. Su propia atmósfera melancólica y reflexiva, nos desafía a aceptar el silencio como una forma de comunicación más profunda y significativa. Mientras celebramos nuestra obsesión por el ruido, también anhelamos una pausa, un momento para respirar.



El silencio, lejos de ser un vacío aterrador sobre el cuál gobiernan los pensamientos intrusivos, es un espacio para reconectar con nosotros mismos, que nos permite apreciar las pequeñas cosas que poseemos y nos producen buenas sensaciones. Se ha de entender al silencio como un momento de desconexión de todos aquellos miedos que nos asolan día trás día. Escuchar Enjoy the Silence no solo nos da una experiencia auditiva inolvidable (ojalá volver a escucharla por primera vez), sino que también puede ser un recordatorio de que el silencio tiene su propio ritmo, una melodía que merece ser apreciada.

Quizás, la incongruencia entre mi necesidad por el ruido y mi amor tan profundo por esta canción radica en que, aunque mi vida esté llena de ruido, sigo anhelando esa pausa, ese lugar donde el silencio sea suficiente, dónde mis monstruos no sean capaces de comerme viva. Quizás ahí reside la verdad más profunda: no se trata de elegir entre el ruido o la calma, sino de aprender a coexistir con ambos, permitiéndonos escuchar no solo lo que el mundo tiene que decir, sino también lo que nos susurra el silencio. Y, en ese espacio, encontrar finalmente un poco de paz.



OTRA VEZ MUERTE

 EN UN BANCO MOJADO

Estoy sentada en un banco. El día es gris y llueve, pero no de verdad. Las gotas son tan pequeñas que ni siquiera las siento caer sobre mi cabeza. Hace frío, pero no demasiado, el problema es que no me he puesto el abrigo adecuado. Estoy fumando un cigarro mientras escucho a los niños del colegio jugar en el patio. Pienso en lo que pensará la gente al verme: ¿no es extraño que una chica como yo, con el pelo encrespado y el rostro desmaquillado, fume con la mochila a cuestas frente a un centro infantil? Deben creer que me gustan los niños, los niños humanos. Deben creer que soy un mal ejemplo, un ejemplo nefasto para los niños humanos. Ninguna de las dos cosas es verdad. No me gustan los niños y soy mucho más que una joven fumando; lo cierto es que me paso la vida estudiando. Hoy he abandonado las clases porque me siento triste. ¿No deberían los niños seguir mi ejemplo? Tienen aprender que, si no estás bien, siempre se puede desaparecer. No se existe ante la mirada de quienes te ven fumando y pensando con los gritos de una escuela de fondo. 

Se ha sentado una mujer a mi lado. Pienso en lo que pensará la gente al verla: no es extraño que alguien como ella, con gafas de sol y un abrigo largo, esté sentada con el rostro desencajado frente a un centro infantil. Pronto comienzo a ignorarla. Es raro que haya decidido sentarse a mi lado; la calle está repleta de bancos abandonados. De pronto la mujer carraspea y, sin mirar hacia mí dice: 

- Perdona… ¿me darías un cigarro? 

Claro, por eso se ha sentado a mi lado. También sin mirarla extiendo mi paquete de tabaco y pronto comprendo que voy a tener que liar yo el cigarro. Al fumar, esta mujer absorberá mi saliva pegada al papel. Le doy el tabaco ya enrollado y, esta vez, la miro. Lo que va a suceder es algo íntimo: al fumar, esta mujer absorberá mi saliva pegada al papel. Con mi mechero negro, prende su cigarro y exhala con fuerza y gusto su primera calada. Entonces se quita las gafas de sol, me mira y empieza a hablar. En lo que dura un cigarro me lo cuenta todo. 

Resulta que la mujer viene directa del hospital. Su padre acaba de morir y ya está todo listo para el funeral. Tanto a ella como a mí nos sorprende la velocidad con la que se ha preparado el velatorio. Pronto llegamos a la misma conclusión. En las ciudades debe morir gente constantemente, si la cosa no va rápido, ¿dónde yacerán el resto de cadáveres? Yo creo que aquí, mueren unas 400 personas al día. “¡Muchas menos!”, opina ella. Pienso en que la mujer no tiene en cuenta a quienes mueren sin nadie que los vele o quienes mueren sin nadie que se entere. 

Su padre ya llevaba enfermo un tiempo. Las dos estamos de acuerdo en que que haya muerto es lo mejor. El anciano no ha sufrido. Aun así, y aunque hayan pasado pocas horas, la mujer me dice que ya lo echa de menos. Pienso en que hay muchas formas de echar de menos y que, probablemente, esa sea la peor de todas. Ella no va volver a ver a su padre nunca; al menos nunca vivo. No le digo nada. Espero a que continue con su historia mientras fuma. Es raro que no esté llorando, igual es demasiado pronto. 

Dos niños se acercan a la valla y, entre saltos y grititos intentan llamar nuestra atención. Son sus hijos, un chico pequeño y una chica aún más pequeña. Rectifico, solo intentan llamar su atención. Con el cigarro en la mano, pero, con una actitud y una cara diferentes, la mujer les saluda y les lanza besos. Ha venido a recogerlos y llevarlos junto a su abuelo. De momento, los niños no saben nada. Cuando ellos se alejan de la valla, la mujer me cuenta cómo ha intentado prepararlos para tan dura noticia: cuentos en los que la madre muere, pelis en los que el padre muere, sobornos para que fueran a ver al convaleciente abuelo, etc. Pero los niños no habían entendido nada. 

Pienso en cuál habría sido el método más efectivo para que los pequeños comprendieran la gravedad de la muerte. Su madre debería haberles comprado un pez, tal vez un hámster, y dejarlo sin alimento hasta que el animalillo padeciera frente a ellos. No le digo nada. ¿Qué culpa tienen el pez y el hámster? Tal vez exista una forma menos cruel de darles muerte. Tal vez la mujer sepa una forma menos cruel de darles muerte, pero, sigo sin decir nada. Nunca lo sabré. 

Se ha terminado el cigarro. Nos quedamos un rato en silencio; por un momento he pensado que me iba a pedir otro. Pero no lo hace. La mujer se pone sus gafas de sol, me dedica una pequeña sonrisa y entra al colegio. He permanecido callada y meneado tímidamente mi cabeza a modo de despedida. Pienso en que debería haberle dicho algo, pero, ¿el qué? ¿Te acompaño en el sentimiento? Mentira. ¿Lo siento? También mentira. He hecho bien en quedarme en silencio. 

Vuelvo a estar sola en el banco. Debería irme, pero no me muevo, siento que estoy esperando a algo. Los minutos pasan y, entonces, la mujer aparece por la puerta con un niño colgando de cada brazo. Pronto entiendo que es a eso a lo que estaba esperando. Cada uno de sus hijos sostiene diferentes manualidades entre sus manos y las agitan animados. Están contentos, ha debido de ser un buen día de colegio. Han dibujado, han gritado con sus amigos en el patio y se van antes a casa. Su madre tenía razón: los niños no han entendido nada. Los veo marcharse calle arriba; esta vez la mujer ni me mira. He vuelto a no existir. 

Imagino como será su trayecto en coche hasta el velatorio. Supongo que primero pasarán por casa. La mujer permanecerá callada hasta entonces. Escuchará en silencio el día tan maravilloso que estaban teniendo sus hijos y odiará a su padre en secreto por haberse muerto. Les dará algo de comer y los niños aún seguirán sonrientes. Comenzarán a darse cuenta de que algo no va bien cuando su madre se niegue a sentarse con ellos en la mesa. Entonces llegará el momento. Los niños deberán despojarse de sus uniformes y ponerse su ropa de funeral: un vestido oscuro para ella, una camisa, también oscura, para él. Mientras los viste, la madre les contará a donde van; los niños seguirán sin entender nada, pero al menos, ya no reirán. O puede que sí. Pienso en el más mayor, igual él intenta hacer a su madre feliz. Puede que le den un abrazo, o no. Igual aún no. 

Cuando lleguen al tanatorio se encontrarán con el resto de su familia, si es que la hay. He supuesto que los niños no tenían padre; ni padre ni otra madre. En mi mente la mujer que ha estado sentada a mi lado está sola. Pienso en que, aunque esto no sea así y la mujer tenga pareja, seguirá estando sola de igual manera. A nadie más se le ha muerto el padre. Bueno, igual tiene hermanos. Pero a nadie más se le ha muerto el padre y tiene dos niños pequeños que no entienden nada. O tal vez sí. Lo único que sé es que a nadie más se la ha muerto el padre, tiene dos niños pequeños que no entienden nada y se ha sentado a mi lado en un banco. Eso seguro. 

Me pregunto si los niños verán al abuelo muerto. Como tampoco tengo respuesta me canso de pensar en el tema. Por fin me levanto del banco y corro a mi piso: ha empezado a diluviar. Mi día ha seguido siendo triste, pero por fin termina. 

Hoy he vuelto a sentarme en el banco de enfrente. Me quedan solo dos cigarros: uno para mí y otro para ella. Esta vez los traigo preparados. 

Hoy ya no llueve. Tampoco se oyen gritos en el patio. El ambiente está raro. Desde el banco veo como, poco a poco, el patio se llena de gente. Me acerco a la valla, también callada, y observo a los pequeños. Están serios. Guardan un minuto de silencio: las caras de los hijos de la mujer de mi lado están en el patio, congeladas. Solo son fotos. Corro al estanco y compro el periódico. Por fin respuestas. 

La prensa dice que se cayeron accidentalmente por un puente. Por culpa de la lluvia, la mujer de mi lado habría perdido el control de su coche. Se habían despeñado los tres, juntos. La muerte había sido inmediata. Iban vestidos de funeral. 

Yo sé lo que ha pasado de verdad. Como bien predije, la mujer había conducido a los niños hasta casa. Ahí, sola, les dio la noticia. Ellos siguieron sin entender nada: no le dieron un abrazo, no se quedaron callados. Desesperada, la mujer asumió que la única manera de hacerles comprender la muerta era provocando la suya propia. Pensé en que tendría que haberle propuesto que asesinara a un pez frente a sus inocentes hijos. Daba igual que el animal sufriera, daba igual que hubiera sangre. También podría haber dado un cigarro a sus hijos. Yo misma le hubiera dejado de mi tabaco. Poco a poco hubieran notado a la muerte bajar por su garganta. Poco a poco hubieran entendido. 

La mujer que fumó de mi saliva no debía haber pegado ese volantazo. Igual lo hizo prestando atención a mi presagio sobre la alta cifra de defunciones diarias en la ciudad. Tendría que haber esperado a que los niños vieran el cadáver del viejo. Ella era la única a la que se le había muerto el padre, tenía dos niños que no entendían nada y se había sentado a mi lado en un banco. Pero ellos habían perdido a su abuelo y no entendían nada. Tendría que haber esperado. 

Seguramente la mujer que se sentó a mi lado no pensó para nada en mí. Yo necesitaba su historia para existir. Ella echaba demasiado de menos para vivir. Espero que ahora estén juntos por ahí. 

Nayara Garde, Grupo 61





Mi mejor amigo que no sabe cómo me llamo

La historia de la música es también una historia de acosadores o, como se acostumbra a decir últimamente, de stalkers. Ya lo dijo Noel Gallagher, de Oasis: "¿Qué, me preguntas si soy feliz? Escucha: tengo ochenta y siete millones de libras en el banco. Tengo un Rolls Royce. Tengo tres acosadoras. Estoy a punto de entrar en la directiva del Manchester City. Soy parte de la mejor banda del mundo. ¿Estoy contento con eso? No, no lo estoy. ¡Quiero más!". En la enumeración de las cosas maravillosas que trae ser una estrella del rock se incluye, por supuesto, ser perseguido por fanáticos obsesionados. Supongo que, cuando estás solo girando por el mundo, es un consuelo pensar que siempre hay alguien pensando en ti 🥰... (Es broma). 

Los casos de acosadores de celebridades son tan numerosos y mediáticos que el personaje del stalker se ha convertido casi en un arquetipo, que, incluso, ha hecho gala de sus habilidades para la geolocalización y la tortura psicológica en la literatura, la televisión o el cine, como, por ejemplo, en Play Misty for Me, de Clint Eastwood, o Perfect Blue, dirigida por Satoshi Kon. Pero, ¿cuáles son las condiciones que deben darse para que nazca un stalker? Pareciera que no es tanto una cuestión ambiental como tecnológica y que, conforme la tecnología evoluciona, se desarrollan también de formas novedosas y sorprendentes el carácter y los métodos de los acosadores y acosadoras y las formas en que expresan su relación con el objeto de admiración (que, quizás, ya ni siquiera tiene por qué ser una celebridad). El último término popularizado en redes para denominar la conexión entre el fan y el famoso es "relación parasocial".

¿Qué es una relación parasocial? Hoffner y Bond (2022) la definen del siguiente modo:

"Las relaciones parasociales (RPS) son conexiones socioemocionales que las personas desarrollan con figuras mediáticas como celebridades o personajes de ficción. Las RPS se asemejan a las relaciones sociales offline aunque la intimidad percibida por los individuos con las figuras mediáticas no sea recíproca."

Un caso práctico. En Twitter (o X, supongo) proliferan las autodenominadas stans. Exacto, como la canción de Eminem en la que un fan loco le dirige una serie de mensajes cada vez más hostiles hasta suicidarse junto a su novia (los caminos de la etimología son inescrutables). Las (y los) stans conforman tribus de internet que han adoptado como ídolos a estrellas del pop. Por ejemplo, las ARMY (fan del grupo de k-pop BTS), las swifties (seguidoras de Taylor Swift), las arianators (equivalente para las fanáticas de Ariana Grande), etc. Para las stans, el ídolo no solo es definitorio de su identidad online (y, en extensión, del total de su identidad, puesto que tienden a ser personas chronically online), sino que es, además, un amigo. Saben demasiadas cosas acerca de él como para ser desconocidos; conocen los detalles de su trayectoria sentimental, su rutina de maquillaje, sus comidas favoritas, los cumpleaños de sus padres. Por tanto, las stans le son leales; deben promocionar sus singles, apoyar a su pareja en Instagram (hasta que rompa con ella), defender a la estrella de los ataques (o comentarios inofensivos) de otros usuarios en la red... Es lo mínimo que se debe hacer por un amigo.

Las redes sociales (y, antes que ellas, los medios de comunicación de masas) crean un acceso (artificial, calculado al milímetro) a la intimidad más recóndita de las personalidades de la música, la televisión o de las propias redes (es decir, los influencers), que da una falsa impresión de familiaridad y, consiguientemente, la noción de tener derecho sobre la vida o el porvenir de alguien (en la medida en que debe algo al fan; su fama, su riqueza o sus servicios como soldado en defensa de su honor en la red). También dan lugar no solo a nuevas formas y requisitos para la expresión del fanatismo o la lealtad por la estrella, sino a métodos innovadores para perseguir los instintos más antisociales derivados de la obsesión no correspondida. 

El más peligroso, en la medida en que puede traducirse en desagradables consecuencias más allá del espacio virtual, es el doxxing, es decir, la revelación de la identidad, dirección o datos personales de un usuario anónimo. Un ejemplo; cuando las stans de Nicki Minaj desvelaron la localización del cementario de la madre de su artista "rival" Megan Thee Stallion. En resumidas cuentas; puede darse el caso de que, si criticas abiertamente a Taylor Swift en Twitter, le lleguen e-mails a tu jefe pidiéndole que te despida. Pero los damnificados por la conducta de los stans no tienen por qué ser enemigos o críticos de sus estrellas favoritas; los propios artistas "staneados" pueden rechazar la conducta de su fandom. Este verano, Chappell Roan, quien ha experimentado un ascenso meteórico en el último año (de ser una artista de nicho a actuar en Saturday Night Live), se dirigía directamente a sus fans en Tiktok para pedirles que, por favor, la dejaran en paz, alegando que se estaba acosando a su familia. La artista Eliza McLamb escribió este breve ensayo respecto al caso de Roan que creo que merece la pena leer.

Iba a seguir reflexionando sobre cómo las dinámicas del acoso que tan fácilmente reconocibles resultan en las relaciones parasociales se están introduciendo en las relaciones al uso, es decir, cara a cara, pero se me está quedando una entrada muy larga. Quizás lo deje para la siguiente. Pero, antes del punto final, me gustaría lanzar una última idea; que en redes, no solo las celebridades o personalidades nicho (las llamadas microcelibrities) pueden ser objeto del hostigamiento de fanáticos enfervorecidos, sino que el acoso, como el arte y el conocimiento, se ha democratizado (gracias, Mark Zuckerberg). Ahora que exponemos nuestras vidas y estamos expuestos a las de los demás, participamos constantemente de ambos extremos de la relación parasocial. La clave, desde mi punto de vista, es la autopercepción; quizás, antes de meterte a esa lista de seguidores, deberías echar un vistazo a tu interior y preguntarte si la idea que te estás formando de la vida de esta persona que acabas de conocer o que no conoces de nada se fundamenta en algo más que la proyección de la relación que te gustaría tener con ella. ¡Un saludo!

Alejandra Martínez Rodríguez

Bibliografía

Hoffner, C. A. y Bond, B. J. (2022). Parasocial relationship, social media, & well-being. Current Opinion in Psychology45https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2022.101306 

jueves, 5 de diciembre de 2024

Del brutalismo al vacío existencial... ¿O quizás digital?

Quizás hable mucho sobre Berlín, pero ¿cómo podría no hacerlo? Allá en aquella ciudad de sombras y ruinas, es donde el eco del pasado resuena en calles frías y desmoronadas, a las que me considero tan similar, tal vez. Y paseando por estos lugares, fue cuando entendí que Berlín, ahora más que nunca, es un mero testigo de un tiempo que parece repetirse. Puede ser, que esta entrada de blog sea la más personal, pero a la vez a la que más empeño y cariño le ponga. Es allí, dónde se oyen susurros persistentes de resistencia en las esquinas, que un sentimiento insólito de desolación y pertenencia, a la vez, abruma a sus visitantes. Es una resistencia nacida en medio a la Guerra Fría, cuando el miedo a una guerra nuclear entre Estados Unidos y Rusia acechaba a aquellos que ya habían sobrevivido al horror. Era un momento en el que el futuro no era más que un abismo. Esto es algo que se refleja en el arte, en la música y en los trozos restantes del muro que un día dividió la ciudad en dos bloques.

Hoy, ese miedo parece resurgir. La guerra, aunque disfrazada de nuevas tensiones geopolíticas y amenazas nucleares, sigue siendo una sombra que se cierne sobre el presente. El apocalipsis, ese mismo apocalipsis que una vez estuvo cerca, ya no se siente como un futuro distante, sino como un susurro que nos devuelve a la fragilidad de un tiempo que nunca se fue del todo. La ciudad, con sus heridas de guerra y su arquitectura inhóspita, vuelve a ser testigo de un pánico que no hemos sabido erradicar. El brutalismo, esa estética que antes hablaba de un futuro destrozado, sigue ahí, pero hoy está siendo reconfigurado, transformado en una imagen digerida y superficial. Ante eso, la estética brutalista, el post-punk y el techno, nacidos de esa desolación, se han convertido en una respuesta visceral al miedo de un mundo que podía desmoronarse en cualquier momento, y que, en su ruina, elegía ser auténtico, ser crudo, ser humano.

El arte post-punk se hizo la banda sonora que alimentó la oscuridad y la desesperación de las vivencias humanas en una era marcada por la tensión nuclear, que vuelve a resurgir en las voces de Kino o Molchat Doma, quienes entregan melodías que atraviesan las entrañas con la misma crudeza de aquellos tiempos. En Berlín concretamente, se utilizó el techno como un símbolo de resistencia. Sin embargo, a diferencia de antaño, la era digital subordina la autenticidad del dolor y la resistencia se convierte en una moda: todo está hecho por y para el formato digital, son un producto en redes sociales.  Las plataformas digitales, como Instagram y TikTok, han transformado lo auténtico en un objeto de consumo, han desterrado la rabia, el caos, el dolor, y lo han sustituido por la perfección y la imagen sin alma. El post-punk, el techno y el brutalismo, antes símbolos de una lucha contra lo establecido, hoy se han convertido en un adorno vacío, una estética que se exhibe sin comprender el profundo sufrimiento que encierra.

Entonces, supongamos que Berlín es una alegoría de la humanidad en los tiempos de la sociedad digital. En cada rincón de la ciudad, hay una cicatriz de su pasado, hay una historia que desafía lo establecido. Son historias de autenticidad pérdida, de un miedo que nunca dejó de ser. La guerra nuclear y la división entre capitalismo y comunismo que alguna vez nos hizo conscientes de nuestra vulnerabilidad como seres humanos, sigue ahí, pero no como una amenaza externa, sino como un espectro de nuestra propia fragilidad. Berlín, la ciudad que supo sostener la frágil línea entre el caos y la belleza, hoy se enfrenta, una vez más, a una batalla por su alma. Y sin embargo, el brutalismo, la música post-punk, la crudeza de la estética de Berlín, se ven hoy diluidos, apropiados, transformados en una máscara vacía por la maquinaria digital. Lo que alguna vez fue grito y resistencia, ahora es solo una imagen en una pantalla, un eco lejano de lo que fuimos.

En este abismo, me pregunto si algún día podremos recuperar aquello que hemos perdido. Si podemos devolverle al brutalismo, al post-punk y al techno su peso, su autenticidad, su alma. ¿Algún día podremos mirar más allá de la superficialidad de lo digital y encontrar el aura al que defendía Walter Benjamin? ¿Podremos volver a encontrar el sentimiento de pertenencia y unión que alberga lo desolado, lo roto, lo imperfecto? Porque en este paisaje fragmentado, lo que me enseñó Berlín, es que lo verdadero no implica perfección, sino una lucha constante que enseña sobre la rebelión contra la comodidad que erige un muro que nos impide amar. Lo verdadero es la valentía que se requiere para ser lo que somos, para desnudarnos ante alguien, sin adornos, sin filtros. Si algún día todos visitamos Berlín con el corazón abierto, quizás, podamos regresar a lo crudo, a lo real, donde aún podemos salvar aquello que es genuinamente humano.


¿SER INFLUENCER PERO ANÓNIMO?

 Marcos Moreno González

Como hemos hablado en otras entradas, el concepto de influencer hace referencia a aquellas personas que gracias a su exposición y alcance en redes sociales consigue de eso su modo de vida u obtener un rédito económico. También, hemos concluido que detrás de la exposición en redes sociales subyace un narcisismo implícito, en mayor o menor grado. Ese narcisismo nace de la necesidad que tiene el usuario de subir contenido con el objetivo de que la gente lo vea, le valide a través de likes y comentarios y cuya aspiración es tener más. Este narcisismo no tiene porque ser malo, simplemente ser consciente de que en mayor o menor medida todos esperamos de las redes sociales un lugar de validación (sino no se habrían llevado medidas a cabo como la de poder ocultar la cifra de likes y comentarios en Instagram). 

Y si elevas esta presencia digital y, por consiguiente, ese narcisismo a niveles estratosféricos que te permiten obtener beneficios y, en el mejor de los casos, hacerlo tu modo de vida, ¿Cómo no van a ser así de tontos los influencers? Pues porque ese narcisismo alimentado por la validación de sus seguidores les hace creer que todo lo que piensen, digan o les pase es lo más importante, merece la pena decirlo y que todos deseamos escucharlo. La imagen para una persona que vive de ella es lo más importante, viven de lo que exponen. Su identidad da dinero, su identidad atrae la publicidad, su identidad tiene presencia y su identidad es su modo de vida. Entonces, ¿Por qué hay perfiles con hasta millones de seguidores cuyo rostro no es público?

Hay una corriente de influencers cuya identidad es secreta, o no se expone aunque sí que se sabe. Ejemplos son el usuario @alexsinos el cual defiende esta postura diciendo que "me gusta ir a Mercadona y que nadie me conozca"; @ceciarmy que acumula más de 4 millones de seguidores,  @lavecinarubia con más de 3 millones o la ya extinta youtuber @desahogada cuya identidad no se conoce tampoco. Son personas que hacen de las redes sociales su modo de vida pero sin exponerse en ellas. ¿Esto se podría considerar a un acto de rebeldía y desafío contra aquello que he nombrado antes? Puede que sí, porque, por ejemplo, en el caso de @alexsinos, él, a pesar de la exposición en redes sociales que tiene, las campañas publicitarias que hace o la reciente publicación de un libro, sigue manteniendo su trabajo y busca en la banalidad más cotidiana y desapercibida un valor añadido. Sin embargo, no hay que olvidar que la sola presencia en redes te hace esperar algo de ellas y que tu contenido sea validado por los usuarios. 

No deja de ser curioso que haya influencers que hayan preferido mantener su intimidad en pro de las ventajas que les hubiera brindado la exposición de su identidad en redes. Bueno, también quiero tratar un caso que está relacionado y es muy curioso el motivo por el cual no mostraba el rostro esta persona. Resulta que la influencer Madame de Rosa, que acumula más de 1 millón de seguidores en el cómputo de sus redes sociales y que se codea con las creadoras de contenido más importantes del país, jamás había enseñado el rostro de su marido con el que lleva más de 20 años. El marido jamás fue público y seguramente, en el caso de haberlo hecho, habría acumulado muchos seguidores y hubiera aumentado el patrimonio familiar. Es meritorio de reseñar que al hijo que tenían en común si que le enseñara pero la cara de él jamás (es rar que se conozca y se ponga cara perfectamente a un niño de 11 años y no de una persona de cerca de 50). Pero hace unos días salió el gordo. El periódico ABC publicó que él lleva desde marzo en la cárcel más de 10 meses; que acumula más de 26 delitos por robo; y se ha sabido que era un butronero, ladrón de cajas fuertes y traficante de drogas. Por lo que se respondió a la pregunta de la razón que hay detrás del ocultamiento del rostro. Seguramente no enseñaba el rostro porque estaba en busca y captura y ella lo ocultaba por eso, publicaba con días de diferencia a que fiestas acudía o a que bodas fueron y en ellas se le ocultaba la cara (en una de Halloween estuvo todos la fiesta con una máscara para evitar que alguien le pudiera desemascarar sin querer)

miércoles, 4 de diciembre de 2024

De Robinson Cruseo al Lobo de Wall Street

Los jóvenes románticos franceses solían decir que el romanticismo “c’est la revolution”, una revolución contra todo. Puede que los románticos fueran la verdadera generación de cristal, o mejor dicho, que la generación actual le deba gran parte de su espíritu crítico al romanticismo. Y es que, aunque la sociedad viva encasillada en su presente, la realidad actual no es más que una reminiscencia de su pasado. El punto de partida de esta ruptura se encuentra en la concepción de lo humano. Los individuos dejan de estar subordinados a verdades universales y llevan a cabo una emancipación de valores, dando lugar a sujetos que labran su propio camino en busca de esa ansiada libertad. Sin embargo, una vez alcanzada, el individuo actual se plantea nuevos paradigmas: pasando de la autoconfirmación del yo a la identidad confusa. El avance del capitalismo y las nuevas tecnologías han dado como resultado a un nuevo humano que no solo se cuestiona su libertad individual, sino además su naturaleza misma. En este momento en el que “lo real” o humano se difumina entre “lo ficcional” o tecnológico, se abre paso a nuevos planteamientos filosóficos que buscan explicar la esencia de la identidad. De esta manera, no es de extrañar que con la caída de los grandes metarrelatos, sea también el propio sujeto quien caiga detrás de ellos. 

Un ejemplo de esto lo encontramos en el debate actual que protagoniza el feminismo. Hace años, feministas como Virginia Woolf luchaban por la emancipación de la mujer. Sin embargo, desde un tiempo esta protesta es tan divergente y amplia como el concepto mismo del género. Y es que, ¿quién le iba a decir a feministas como Virginia que, una vez conseguida la liberación femenina, la lucha se centraría en definir lo que es una mujer?. El transgenerismo, por lo tanto, no es más que otra renuncia a un valor universal: el binarismo de género. La individualidad que en el romanticismo propició la reivindicación de las minorías, en la actualidad se ha intensificado hasta el punto de crear discrepancias dentro del propio grupo marginado. Además,  otro factor de especial importancia en la construcción del yo es el capitalismo consumado que define nuestros días. Lo que antes se formulaba desde el “tú debes”, en las sociedades disciplinares se ha transformado en un “tú puedes”. Esta sociedad del rendimiento en la que vivimos hoy, ha provocado que los individuos se sientan completamente libres, volviéndose empresarios de sí mismos capaces de todo. Así, la coacción propia es más eficaz que la coacción ajena, ya que no es posible ejercer ninguna resistencia contra sí mismo. Esta idea de dominio de la naturaleza ya estaba presente entre los románticos, sin embargo, esa libertad que el hombre moderno necesitaba para autodefinirse, en la actualidad se autodestruye: pasando de Robinson Cruseo al Lobo de Wall Street. El resultado de esto convierte la libertad romántica en una ilusión, estando más cerca del esclavo hegeliano que del Prometeo liberado. Entre estos dos, solo hay una pantalla. 

Y de repente, soy Dorian Gray.

El surgimiento de las redes sociales, supuso, no sólo la creación de un espacio de interacción entre individuos de forma virtual, sino también un espejo, donde la mayoría de nosotros proyectamos una versión idealizada de nosotros mismos. Enseñamos aquellas partes de nosotros que consideramos buenas, adecuadas, destacables, o incluso inventamos un personaje, bajo el cual ocultamos todo aquello que repudiamos respecto a lo que somos, invisibilizando aquello que, muchas veces, nos hace más humanos. Este fenómeno fue analizado por la filósofa brasileña Marilena Chaui, revelando dinámicas profundas de narcisismo y depresión que van más allá de lo individual, reflejando problemáticas sociales de raíz estructural. 

Es interesante, cuánto menos, la percepción de Chaui sobre cómo el neoliberalismo en la sociedad posmoderna, es capaz de convertir al individuo en un objeto de consumo y rendimiento. Esto permite que, en el universo de las redes sociales, se manifieste la construcción de una identidad virtual marcada por esta idea del yo como espectáculo, como entretenimiento y referente, ahí es cuando nos condecoramos a nosotros mismos como líderes de opinión, pero sin ninguna autoridad, solo ideando aquello que nos gustaría ser. En este caso, hablaremos de narcisismo y depresión.

Las plataformas de contenidos como Instagram o Tiktok, nos invitan continuamente a la exposición de lo “mejor” de nuestras vidas, haciendo con la autoimagen se resuma en un mero producto que debe ser validado a través de likes y comentarios de aquellos que acompañan lo que publicamos en redes. Esta búsqueda de reconocimiento es la base que refuerza un narcisismo frágil, basado en la dependencia hacia la constante aprobación externa. A partir de esto, se concibe la creación de un ecosistema; las vidas ajenas, embellecidas a su máximo, se convierten en el estándar contra el cuál pasaremos a medir nuestro propio valor; si no logramos tener el cuerpo ideal, tener la pareja perfecta, tener los amigos más enrollados, o simplemente estar en un estado de felicidad constante, somos duramente golpeados por la frustración de no alcanzar la perfección inexistente que se nos vende. 

La conversión del yo en un producto de consumo, implica un profundo vacío existencial. La depresión, algo que parece incompatible con aquello que vemos en redes, supone, nada menos, que su consecuencia más oscura. Nos hallamos ante la brecha entre el yo ideal y yo real: ¿por qué no puedo ser lo que proyecto en redes? ¿por qué simplemente no soy suficiente? Al final, es imposible sostener una máscara constante sin enfrentar el peso de la propia desconexión interna. Quizás, perderse a sí mismo, es el precio que se ha de pagar para lograr la perfección impuesta en redes. 

Así es como, de forma completamente paradójica, podemos concluir que cuanto más interactuamos en redes, más aislados podemos sentirnos. La exposición constante a la falsa felicidad ajena, refuerza la narrativa del “fallo personal” en quienes no la experimentan en la misma constancia. Y de pronto, ya no somos usuarios, ya no buscamos conectar con los demás de forma auténtica y genuina, ahora somos productores de contenido, atrapados en un ciclo de relevancia y visibilidad y ahogados por el agotamiento emocional de la presión autoimpuesta por la sociedad digital. Entonces, me pregunto: ¿así se siente ser Dorian Gray?



martes, 3 de diciembre de 2024

Resistencia a la sobrexposición digital: Berghain como sinónimo de rebeldía.

En el corazón de Berlín, cerca de la East Side Gallery, la antigua central eléctrica de la RDA, se ha convertido en un club nocturno, algo más que una simple discoteca, un símbolo de lo inaccesible para muchos, y para otros, un referente de libertad. Considerada una de las mejores discotecas del mundo, su política de entrada es una de las más estrictas, casi convirtiéndo el “no” de los porteros, en una de las atracciones turísticas de la capital alemana. Sin embargo, su exclusividad implacable y su estricta prohibición de capturar imágenes no son simples estrategias de marketing: son una forma de resistencia. En un mundo donde las redes sociales son sinónimo de la reducción de experiencias humanas tangibles frente al contenido digital, Berghain defiende algo que parece cada vez más escaso: el misterio, la intimidad y lo inefable. 

Para entender lo que realmente significa Berghain, es necesario entender Berlín. Una ciudad llena de edificios brutalistas, que se entremezclan con elementos de art-noveau y el racionalismo de la Bauhaus, alberga una historia de división. Durante décadas, Berlín estuvo dividida por un muro, que separaba la Alemania Oriental de la Occidental, siendo el más claro ejemplo de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Tras su caída en 1989, la capital fue testigo de un renacimiento cultural. Los espacios abandonados de la Berlín Oriental se convirtieron en la cuna de movimientos artísticos y musicales que buscaban redefinir la libertad y explorar lo sublime. De ahí, emergió la escena techno como la banda sonora de una ciudad que buscaba redefinir su identidad a través de un género musical que parecía capturar tanto la euforia como la melancolía de un lugar en reconstrucción, que había albergado la alienación cultural durante tantos años. 

En este mismo contexto, se erigió Berghain como la heredera de la reconstrucción berlinesa, es un símbolo de resistencia, de libertad, de renacimiento e innovación. Su ubicación, en la antigua central eléctrica de la RDA, supone un recordatorio físico de la transformación del mundo conocido hasta 1989 a lo que hoy vivenciamos como sociedad. Es un lugar donde lo privado y lo colectivo se entrelazan, es el sentimiento de pertenencia dentro del rechazo y el abandono social, es donde el anonimato permite la expresión de la autenticidad. En 2024, podemos trasladar esto a un mundo saturado de etiquetas, selfies y validación externa, en el que Berghain preserva un espacio donde ser humano no significa ser observado.

La política de privacidad de la discoteca, que prohíbe el uso de teléfonos y cámaras dentro de su recinto, va mucho más allá de una regla pragmática; es una declaración filosófica. En la era digital, donde cada momento parece estar diseñado para ser compartido, Berghain podría considerarse un refugio, donde las personas no solo cruzan un umbral físico, sino también simbólico. En otras palabras, dejan la omnipresencia de lo digital para adentrarse en un espacio de experiencias que solo quedarán grabadas en lo efímero de la memoria, sin documentación, y por ende, puramente humanas. 

No obstante, no confundamos este secretismo con una especie de nostalgia neo-romántica, sino como una forma de resistencia activa a la sociedad digital. Ante una sociedad que ha transformado lo humano en datos, partiendo desde nuestros recuerdos y aficiones, hasta nuestra intimidad y emociones, Berghain es el adolescente rebelde que rechaza al mundo, se alza contra la tendencia y la necesidad de exponernos en redes continuamente, al no ofrecer nada a las plataformas digitales. Lo que pasa en Berghain, se queda en Berghain. Lo que sucede allí no puede ser explicado, sino vivenciado. 

Las redes sociales han reducido muchas de nuestras experiencias a métricas: likes, compartidos, visualizaciones. La digitalización de lo humano nos promete conexión y accesibilidad, pero a menudo nos ofrece un vacío, una desconexión con lo real. Berghain, con su política de puertas cerradas y su rechazo al ojo digital, no solo resiste este paradigma; lo desafía. En su interior, la humanidad recobra su complejidad: es desordenada, emotiva, caótica y profundamente privada.

La famigerada dificultad para entrar a Berghain, supone, quizás, el aspecto más discutido del club, pero su propósito está en la protección de su esencia: es un espacio donde lo visceral es la norma. Su acceso no depende de la apariencia o el estatus (de ahí que hayan rechazado la entrada a famosos como Elon Musk o Britney Spears), sino de una disposición a adaptarse a la comprensión del ritual que supone la inmersión en la escena techno. En este sentido, Berghain refleja la tensión de Berlín como ciudad globalizada. Mientras la capital alemana se convierte en un destino cultural y tecnológico, Berghain insiste en lo local, en lo íntimo, en lo irreproducible. Es un recordatorio de que no todo debe ser democratizado ni expuesto, de que la exclusividad no siempre es elitismo cuando lo que se protege es la autenticidad.

Lo que hace a Berghain tan magnético no es solo su música o su arquitectura, sino lo que representa: un espacio donde las personas pueden escapar de la tiranía de la imagen y reconectarse con lo intangible. En sus paredes oscuras, que reverberan el sonido de la música, protegidas del flash y el filtro, lo humano recupera su valor intrínseco, liberado de la necesidad de ser visto para existir. 

En suma, la historia de Berlín como ciudad dividida, liberada y transformada resuena en cada rincón de Berghain. Así como la ciudad reinventó su identidad tras la caída del muro, el club representa una reinvención de lo humano frente a la digitalización. Es un recordatorio de que, en un mundo que insiste en la visibilidad, todavía hay lugares donde el anonimato no es una pérdida, sino un regalo, es un sinónimo de disfrute. Su resistencia al ojo digital es, en esencia, un acto de humanidad: un esfuerzo por proteger aquello que las redes no pueden capturar.


Conversaciones Incómodas

Me atrevo a decir que las conversaciones incómodas han existido siempre. Las temáticas abordadas por ellas pueden variar. Un “te quiero”, un “adiós”, un “te odio” y hasta un “me debes dinero” componen, entre otras, la trama central de estas molestas conversaciones. No obstante, estas suelen imponerse, precisamente por su carácter violento, sobre el resto de charlas banales que desarrollamos en nuestro día a día.  Son las conversaciones incómodas las que recordaremos en el futuro y a las que adjudicaremos mayor valor; ya sea por la premeditación implícita en su desarrollo o por la importancia, intensidad y posibles consecuencias de las palabras que las conforman. 

El escenario perfecto para que estas conversaciones tengan lugar es un escenario íntimo. Por ello, con el ánimo de burlar la espontaneidad que identifica a los encuentros cara a cara, las conversaciones incómodas suelen ser desplazadas a canales o medios que permitan una mayor planificación y comprensión de lo dicho. La comunicación por carta es un ejemplo perfecto de esto. Recurrir a la carta para el desarrollo de estas pláticas engorrosas permite ocultar su característico nerviosismo que, de ser mal resuelto, puede conducir a la expresión incorrecta de lo querido. Además, la carta se asemeja a la conversación en directo porque permite que su emisor, se deshaga del mensaje. Una vez la carta es enviada, el contenido de la misma abandona la interioridad de su escritor que queda en cierto modo, liberado. Lo mismo ocurre cuando, en las conversaciones incómodas orales, el hablante deja marchar las palabras de su boca, pensamiento y mente. 

No obstante, cabe destacar la existencia de un modo de respuesta al mensaje en carta bastante incómodo: la respuesta al margen. En este caso, el receptor de la carta inicial decide articular su contestación sobre el mismo papel. De este modo, la carta es devuelta a su emisor con anotaciones; un emisor, que creía haberse deshecho de lo expuesto en ella para siempre. Hoy en día casi nadie envía cartas, pero, sin embargo, este tipo de réplica cargante se ha convertido en lo habitual. 

Los mensajes vía Whatsapp, Instagram o incluso los SMS, se han transformado en el espacio por excelencia para las conversaciones incómodas. Al mandar un texto por estas aplicaciones, el mensaje no desaparece. Nuestras palabras y pensamientos más embarazosos y vulnerables permanecen con insistencia en el chat. Nuestro receptor, se ve obligado a responder prestando atención a cada uno de los caracteres que componen el incómodo mensaje inicial; mensaje que le observa desde la parte superior izquierda de la pantalla. Por muy benévola que sea la respuesta, el transmisor primero se ve forzado a tener un reencuentro con su voluntad que, en este escenario, nunca llega a ser liberada por completo, sino que se queda encerrada en 6 o menos pulgadas de pantalla. 

Al iniciar conversaciones violentas por la vía digital, se elimina el nerviosismo inicial y característico de la comunicación oral. No obstante, este es sustituido por otro tipo de ansiedad. A través de diferentes mecanismos ofrecidos por estas aplicaciones, el emisor puede saber el momento exacto en el que su revelador mensaje ha sido recibido, visto e ignorado. Además, estos mismos mecanismos permiten que el texto enviado pueda ser difundido con facilidad por lo que, muchas veces, la respuesta dada se convierte en un esfuerzo grupal y no individual (no nos atiende nuestro receptor en su soledad sino, todas aquellas personas a las que ha hecho partícipes de nuestro mensaje).  También permiten que la respuesta pueda convertirse en algo intrascendente: 



Debemos sumar valor a la difusión de nuestras palabras y, sobre todo, si estas albergan en ellas intereses personales; ya sea un “te quiero”, un “te odio” o un “me debes dinero”. Puede que a veces, merezca la pena pasarlo un poquito mal y mirar a nuestro receptor a la cara. Puede que a veces, merezca la pena agarrar un papel y un boli para poder liberar de verdad a nuestras palabras. Es cierto, muchos whatsapps y demás mensajes online son recibidos en soledad. Sin embargo, el marco en el que actúan puede ser considerado contrario a la intimidad. Por mucho que un mensaje amarillo asegure serlo a lo alto del chat.



NAYARA GARDE, GRUPO 61

domingo, 1 de diciembre de 2024

¿Y si solo quiero ser una chica?

Ya ha llovido bastante desde que No Doubt sacó esta canción...


... pero parece que muchas mujeres continúan viéndose reflejadas en su letra y reinterpretándola, como suele suceder con las buenas canciones. Cuando Gwen Stefani escribió Just a Girl allá por los noventa, pretendía llevar a cabo con ella una crítica feminista. Stefani estaba cansada de la infantilización a la que sometían sus padres; seguía viviendo con ellos pasados los veinte años, y todavía la obligaban a llamar a la puerta de su cuarto cuando volvía tarde a casa después de pasar la noche por ahí. ¡Qué pesados! La letra deja claro que Stefani no era "solo una chica" voluntariamente; quería que se la tratara como a una mujer adulta. 

        I'm just a girl
        I'm just a girl in the world
        That's all that you'll let me be

El apelativo "chica" (girl) dirigido a mujeres adultas posee connotaciones bastante perversas. "Chica" es sinónimo de "niña" o "pequeña"; como tal, las chicas son seres indefensos, incompetentes, necesitadas de un hombre que las rescate de su propia ignorancia e incapacidad para valerse por sí mismas en este mundo salvaje e implacable. La niñez y adolescencia de los seres humanos se prolonga durante casi el doble de tiempo que la de los chimpancés, que son nuestros "parientes" más próximos (evolutivamente). La infancia (o, más bien, la infantilización) de la mujer se prolonga, sin embargo, mucho más allá de su pubertad, de su décimo octavo cumpleaños e, incluso, de su boda y de su muerte. En Just a Girl, Stefani se rebela contra esta infantilización; termina cantando: "I've had it up to!" ("¡Estoy harta!"). Este alzamiento contra la denominación de "chica" ha sido común en las últimas décadas, en las que los espacios feministas en la red han sido dominados por la vertiente más girlbossiana del movimiento ("¡yo no soy como las chicas; sé jugar al fútbol!").

Recientemente, algo ha cambiado. En TikTok encontramos vídeos que usan como audio la canción de Stefani, pero con un significado muy distinto al que pretendía la cantante; "I'm just a girl" ya no es la afirmación irónica y frustrada de Stefani ante una sociedad que infantiliza sistemáticamente a las mujeres, sino una celebración. Su nuevo significado es más bien: "Efectivamente, ¡soy solo una chica y me encanta! 🥰🎀 ¡Me gustan el rosa y las pegatinas con ponis, y no sé conducir!". En principio, la reapropiación del término "chica" pretende ser subversiva, poner en valor la feminidad, señalar que no es inferior a la masculinidad, que no debe ser rechazada y que, de hecho, rechazarla es misógino (!!!). Pero, por supuesto, es muy difícil desmantelar un sistema opresivo haciendo uso del lenguaje que lo sustenta y abrazando sus categorizaciones y estereotipos. De tal modo, la reivindicación de la feminidad y del derecho de las mujeres a ser "solo chicas" acaba derivando en joyitas como:

Porque a todas las chicas nos encanta que nuestro hombre alimente a la bestia del consumismo más irracional para satisfacer nuestros caprichos de chicas (joyas, flores y ropa).



¿Por qué se ha dado este giro? ¿Por qué la infantilización ya no es rechazada, sino acogida y celebrada públicamente por las mujeres? Las causas probablemente sean demasiado complejas y numerosas como para tratarlas en una entrada de blog. La infantilización a la que muchas mujeres escogen someterse en la red no es exclusiva del género femenino, cabe aclarar, sino que es parte de una tendencia mucho más general de las personas (hombres y mujeres) a considerarse niñas a sí mismas, y que se está volviendo muy prevalente en redes sociales. Un ejemplo; el resurgimiento de la Hello Kitty, los Sonny Angels y los muñecos Sylvanian en los últimos años, todos ellos dirigidos a un público infantil, pero viralizados por adultos en Internet. Personalmente, tengo algo parecido a una teoría sobre el tema.

Cuando la injusticia es accesible desde todas partes, es mucho más cómodo concebirse a uno mismo como un niño que como un adulto. De críos, percibimos a los adultos como figuras casi omnipotentes; nuestros padres son los que traen la comida a casa, los que resuelven nuestros problemas y tratan con los demás adultos, con los que dan miedo, los monstruos bajo la cama. De mayores, descubrimos que los monstruos operan de acuerdo a métodos más sutiles, dañinos y complejos de lo que imaginábamos. El mundo se revela no como un lugar en el que el "bien" prima sobre la excepción del "mal", sino como el producto de la reiteración diaria de un "mal" sistémico del que la injusticia es intrínseca. El sistema patriarcal, por ejemplo. Sus ramificaciones son tan amplias que resulta abrumador; no puede ser posible que yo luche contra esto... Peor aún, que yo sea parte de esto, que yo también perpetre este mal. Soy una víctima. Si no soy omnipotente, si no puedo hacer nada, no puede ser que sea un adulto; solo soy un niño, o una chica, indefensa, que necesita que alguien la rescate, que alguien (cualquier persona menos ella) haga algo. Si resultara ser algo más que una chica... Entonces, la culpa sería insoportable. No; nadie quiere ser libre, y las mujeres solo queremos ser chicas.

Alejandra Martínez Rodríguez



REFLEXIONES

Marcos Moreno González En este blog no quería explicar algún estudio de caso o problemática, sino que he preferido reflexionar acerca de u...