Definir cualquier cosa es complicado y controvertido. Las múltiples polémicas protagonizadas por la RAE como consecuencia de sus definiciones, ponen esto de manifiesto. Intentar explicar qué es un elemento, realidad o situación es difícil y, esta contrariedad aumenta ante la falta de vocabulario o los límites del lenguaje. Una de las tácticas más recurrentes para evitar este brete, es el uso de antónimos o contrarios. De este modo, para definir palabras como “blanco” sólo haría falta decir: “aquello que NO es negro”.
Puede que este ejemplo resulte absurdo y sencillo pero, lo cierto, es que este modo de definición alberga consecuencias. Cuando este mecanismo es empleado para nombrar realidades más complejas que el color “blanco”, el uso de contrarios resulta ineficaz. Autores como Edward Said basan parte de su obra e hipótesis en analizar las consecuencias producidas por la definición a través de antónimos en cuestiones vinculadas con la identidad.
A pesar de que en este supuesto, las parejas de contrarios funcionan de forma complementaria, en realidad, una de las palabras siempre acaba alzándose por encima de la otra. En el ejemplo aportado por Said, “Occidente” se define como “lo contrario de Oriente”, siendo este último el más perjudicado y denostado. En este caso concreto, Oriente se convierte en la víctima por la primacía de discursos occidentalizados que falsean su verdad. No obstante, existen ejemplos más simples que reflejan la forma en la que uno de los antónimos posee un mayor estatus: “gordo” y “flaco”, “alto” y “bajo”, “blanco” y “negro”...
El uso exacerbado de redes sociales nos ha vuelto más perezosos. Por ello, en ocasiones hacemos uso de mecanismos menos eficaces pero más veloces. Vemos shorts en lugar de leer artículos, usamos la IA en lugar de escribir artículos y usamos antónimos a modo de definición. Sin embargo, hay ocasiones en las que las realidades o temas que buscamos abordar son tan complejas que escapan de estas fórmulas simplificadas (véase nuevamente el ejemplo de Said). ¿Cómo definirías “vida”? ¿Es la vida la “NO muerte”? Si es así, ¿cuál de las palabras posee un mayor “caché”? ¿Es “muerte” mejor que “vida”?
Prácticamente desde los inicios de la historia, los seres humanos hemos tratado de dotar de sentido a la palabra “vida”. Al hablar de “vida”, resulta inevitable no tener presente a la “muerte”. Los humanos inventamos las religiones, los cultos, leímos las estrellas y nos refugiamos en el arte con el fin único de buscar una definición certera para estas palabras. Durante mucho tiempo, conseguimos a base de mitos y demás historias imaginarias acallar la necesidad de buscar una definición certera para estos términos. Todo esto cambió, tal y como reparan autores como Adorno y Horkheimer, con la llegada de la Ilustración y el desarrollo de “el método científico”.
Lo cierto es que ni siquiera el enorme desarrollo técnico que ha tenido lugar en la humanidad a partir de “el siglo de las luces”, ha sido capaz de aportar algo de luz a esta problemática. Más bien al contrario.
Recordemos que el desarrollo tecnológico, nos ha vuelto más perezosos. Cada día estamos más cerca de convertirnos en la caricatura de nosotros mismos realizada por Pixar en la película Wall-e. Ante problemáticas como la búsqueda de una definición de “vida” o “muerte”; ya no empleamos la imaginación ni confiamos en la ciencia. Ahora, buscamos la respuesta a golpe de click. A veces se nos olvida que somos nosotros mismos quienes generamos el contenido de Internet. Nosotros, los humanos. Las redes sociales se han convertido en un espacio de total transparencia entendiendo a esta como la falta absoluta de secreto. Es a través de las redes sociales donde compartimos todo nuestro día a día: momentos tristes, felices, de duelo, enfado… También es en las redes sociales donde escondemos que no tenemos respuesta a todo.
Ante la llegada de la muerte de un familiar, ser querido o mascota, ya no acudimos a la Iglesia, dejamos flores, ponemos esquelas ni escribimos en un diario. Los post de Instagram se han convertido en la nueva forma de luto. En ellos no nos limitamos a expresar la falta o anhelo de quien se ha marchado sino que también, nos dirigimos a él o ella. Esto pone en manifiesto nuestra disociación con el medio, (anunciada ya a través de autores modernos como Baudelaire), y confirma la teoría propuesta por Baudrillard y en la que se inspiraron las películas de Matrix: cada día estamos más cerca del simulacro.
La frustración consecuencia del fracasado "contacto con el más allá" a través de redes o por el fallo en la búsqueda de respuestas a través de las mismas representa ya a más de una generación. De momento, no puedo ofrecer una definición de "vida" mejor que "NO muerte" o viceversa.

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