martes, 29 de octubre de 2024

LOS HIJOS DE LOS INFLUENCERS DAN MUCHO DINERO

Marcos Moreno González

No hay una definición formal en la RAE para influencer, sin embargo, el observatorio de palabras de la RAE lo define como “anglicismo usado en referencia a una persona con capacidad para influir sobre otras, principalmente a través de las redes sociales”. A esta definición hay que añadirle un elemento esencial, su propósito comercial ya que cualquier persona con esta proyección en redes sociales se convierte en sujeto publicitario. El 68% de los internautas siguen a influencers en las redes sociales y se le atribuye a los “Millenials” el amplio crecimiento de este tipo de contenido (Torres Romay, 2020). Los estudios en marketing coinciden que hay un cambio de tendencia, en la actualidad la recomendación de otros consumidores se convierte en el sistema más fiable de información para los compradores, que demuestran desconfianza hacia la publicidad convencional (Torres Romay, 2020). Por tanto, Infoadex, en su estudio anual sobre la inversión publicitaria en España, incluye desde 2019 el estudio de la inversión en influencers tuvo una inversión de 63,9 millones, lo que supone un crecimiento destacado del 22,8% con respecto a los 52,0 millones recibidos en 2021(Infoadex, 2023). En conclusión, más de la mitad de los usuarios consumen o siguen a un influencer, esto ha generado un cambio en el consumo y producción publicitaria aumentado su inversión enormemente año tras año dándoles una gran difusión y poder económico.

Por tanto, en este escenario en que cualquier persona que tenga cierta relevancia en redes se puede convertir en un influencer es imposible no pensar que uno de los tantos tipos de influencer son los padres que ganan dinero con sus hijos como reclamo. El uso de menores por parte de sus padres no es nada nuevo, ya había padres que tenían a sus hijos pequeños actuando en series o películas, padres famosos como cantantes o actores que han utilizado a sus hijos como reclamo… Por tanto, se ha trasladado esta figura a las redes. En este caso, la más reconocidas y la que más lo practican son mujeres madres, por tanto, voy a hablar de madres por eso. Esto también interesante a someter a análisis ya que las mamá-influencers es lo que impera perpetuando el rol de madre cuidadora y pendiente de sus hijos sin figuras masculinas que ocupen el mismo rol que ellas. Recapitulando, el 81 % está en internet antes de cumplir los 6 meses, la cifra asusta cuando el 23 % de los niños tiene presencia en línea incluso antes de nacer porque sus padres publican imágenes de las ecografías durante el embarazo. La cifra sigue aumentando en los primeros años de la infancia (De León, 2019). Por tanto, hay muchas personas publicando a sus hijos en redes sociales teniendo esto un alcance inimaginable. No obstante, se puede pensar que la mayoría no tienen proyección y no puede pasar nada, sin embargo, en el mundo influencer no hay ningún tipo de regulación de la protección del menor. Internet es un escenario en el que publican momentos íntimos, problemas médicos, exposición de los menores desde bebés… de menores por parte de los usuarios, un estudio elaborado por las universidades de San Francisco y Michigan concluyó que «El 56 % de los padres comparte información potencialmente vergonzosa de sus hijos, el 51 % da datos con los que puede localizárseles y un 27 % cuelga fotos directamente inapropiadas». que se retroalimenta porque este contenido es más seguido, por lo que sus hijos acaban convirtiéndose en parte principal de su actividad como influencer. Esto incluye el contenido de ellos y la publicidad que hacen con ellos de forma activa, hacer una publicidad con ellos, como de forma pasiva, publicidad ligada a temas infantiles en los que los niños no salen.


De esto nacen varios temas que deben ser analizados. El primero es los límites de la exposición del menor en redes sociales ya que existe regulación sobre la presencia de menores en medios como la televisión, la Ley 6/2012, sin embargo, este campo no está legislado. Una de las pocas legislaciones que aborda este tema es el derecho al olvido en el que se recoge: «En caso de que el derecho se ejercitase por un afectado respecto de datos que hubiesen sido facilitados al servicio, por él o por terceros, durante su minoría de edad, el prestador deberá proceder sin dilación a su supresión por su simple solicitud» (De León, 2019). Por eso, yo me pregunto ¿Cómo se debería legislar la presencia de menores en redes? ¿Prohibición total, limitar su exposición a partir de ciertos seguidores o poder exponer a menores, pero limitando en las situaciones que aparecen? Además, ¿Cuáles son las consecuencias para los menores tener ese nivel de exposición y fama desde que nacen? Por último, ¿Es lícito que los padres basen su vida laboral en aprovecharse de sus hijos para ganar dinero mediante la publicidad y la repercusión que ello conlleva?

BIBLIOGRAFÍA:

1.      De León, P. P. (2019, August 12). El 81% de los bebés tiene presencia en la red antes de cumplir los seis mes. UOC. https://www.uoc.edu/es/news/2019/205-bebes-redes-sociales

2.      Torres Romay, E., & García-Mirón, S. (2020). Sharenting: análisis del uso comercial de la imagen de los menores en Instagram. Redmarka. Revista de Marketing Aplicado, 24(2), 160-179. https://doi.org/10.17979/redma.2020.24.2.7103

3.      Infoadex (2023). Resumen Estudio InfoAdex de la Inversión Publicitaria en España 2023. https://www.infoadex.es/wp-content/uploads/2024/01/Resumen-Estudio-InfoAdex-2023.pdf

martes, 22 de octubre de 2024

Hitos de juventud: la estética del sufrimiento

La romantización del sufrimiento juvenil ha sido algo recurrente a lo largo de las décadas, haciendo con que surjan iconos trágicos de la cultura pop que representan esa angustia emocional de la juventud. Desde James Dean e Ian Curtis hasta Kurt Cobain y, más recientemente, Lil Peep, encontramos la representación de la genialidad creativa marcada por la lucha interna contra el dolor y la desesperación. Estas historias marcadas por las adicciones, los problemas de salud mental y muertes prematuras, pasan a conformar parte del imaginario de la cultura pop, convirtiéndose en hitos de juventud que trascienden la temporalidad de sus vidas. 


Un claro ejemplo de cómo estos estilos de vida se dramatizan hasta alcanzar cierta belleza estética es la serie británica Skins. Personajes como Effy Stonem y Cassie Ainsworth reflejan esta dinámica. Effy, con su actitud de “I don’t give a fuck” y su sufrimiento constante, caracterizado por comportamientos autodestructivos que varían desde el consumo excesivo de drogas y las autolesiones, ha sido transformada en un ícono de belleza trágica en redes sociales, en conjunto con Cassie y su lucha contra los trastornos alimentares que acercan al personaje a esta fragilidad muy estereotipada en lo femenino y su gran desconexión emocional, son el símbolo de la tristeza moderna de una generación de jóvenes que buscan en lo marginal algo que llene el vacío de la existencia misma. Estas proyecciones descontextualizadas en redes sociales suponen la glamurización del sufrimiento juvenil, trivializando problemas serios como la depresión y la adicción. 



Un ejemplo de icono trágico, cuya vida fue marcada por la angustia y la desesperación fue Ian Curtis, el frontman de Joy Division. Su devastadora muerte por suicidio en 1980, a los 23 años, hizo con que su figura sea venerada como unos de esos hitos de juventud, un símbolo de la lucha contra la alienación y el dolor interno. Su imagen y su música fueron rescatadas en redes sociales, convirtiéndose en un referente de esta estética melancólica que llega a los corazones de una generación que, como él, enfrenta una serie de demonios personales que pueden parecer imposibles de combatir. Lil Peep, por otro lado, representa este mismo sufrimiento juvenil en un contexto más reciente, con letras que abordan desde la depresión más profunda hasta el amor de manera muy cruda. Su fallecimiento por sobredosis en 2017 supuso, también, esa ola de idealización de su figura, construyendo una vez más esta iconografía en torno a los problemas y complicaciones respectivas a la salud mental. Su legado continúa resonando en las plataformas digitales, donde su estilo de vida autodestructivo se presenta como algo aspiracional.


La representación del sufrimiento juvenil en redes sociales se manifiesta a través de varios mecanismos que, aunque pueden parecer inofensivos, a menudo trivializan experiencias profundamente dolorosas. En plataformas como Instagram y TikTok, el dolor y la angustia se convierten en contenido viral, con clips y memes que celebran a estos iconos trágicos. Este contenido a menudo se edita de manera estilizada, creando una estética que glorifica el sufrimiento, transformando la lucha emocional en una narrativa visual atractiva. La glamurización de la autodestrucción va acompañada de hashtags como #SadGirl, #DepressionMemes o #EuphoriaMoments, pero detrás de esta tendencia hay una falta de comprensión sobre la salud mental y las dificultades que enfrentan muchas personas. 


En lugar de generar un diálogo significativo sobre la lucha emocional, el contenido relacionado con el sufrimiento tiende a convertirse en una especie de "performatividad" donde el dolor se presenta como un falso sello de autenticidad.  La presencia de estas narrativas en redes sociales, también puede llevar a la creación de comunidades que, aunque pueden parecer solidarias, a menudo refuerzan actitudes negativas hacia la salud mental. Esto no solo refuerza la idea de que el sufrimiento es deseable, sino que también puede desincentivar a quienes realmente necesitan apoyo a buscar ayuda, perpetuando el ciclo de la angustia juvenil en lugar de abordarlo de manera constructiva. 


En conclusión, la romantización del sufrimiento juvenil, reflejada en iconos como Cobain, Curtis y los personajes de Skins, convierte el dolor en estética, pero la auténtica belleza radica en abrazar la vulnerabilidad y buscar conexiones genuinas, sin embargo, en este laberinto de desesperanza, la tristeza se erige como el único legado que muchos jóvenes conocen.

lunes, 14 de octubre de 2024

"Heterocurioso", pásate por mi blog

“Heterocurioso”, “pasivodiscreto” o “twink2004” son solo algunos de los nicknames que inundan tanto las redes sociales como las aplicaciones de búsqueda de pareja. Sus perfiles se alimentan de la morbosidad y los únicos datos que exhiben son la edad, la ubicación o, en algunos casos, el tamaño de sus genitales. Internet se presenta como un espacio de coexistencia y comunidad para aquellos sujetos marginados del plano físico, sin embargo, este temprano contacto con la otredad provoca que la socialización queer se fundamente en el anonimato y la exclusión. De tal modo, surge lo que Barnhurst denomina “the queer paradox of technology”, es decir, la convivencia antagónica de esperanza y peligro que genera Internet entre los adolescentes del colectivo LGTBI. 

“Heterocurioso” no se anda con tonterías, en sus historias ofrece sexting, fotos privadas o encuentros casuales y discretos. Sus casi 2000 seguidores en Instagram así lo confirman, creando un vasto armario subterráneo de sujetos que experimentan su identidad desde las profundidades de la red. He aquí un ejemplo del modus operandi de estos sujetos:




Entre estos seguidores se encuentra un adolescente que salta a la vista por su prematura edad: su nombre es Javier y afirma tener 13 años. Más allá de los múltiples delitos que puedan envolver el caso, su presencia en este submundo digital constata uno de los principales eventos culturales para el colectivo: la autoidentificación. En este proceso de aprendizaje, Javier se adentrará en su identidad y evaluará sus peligros, experimentará el concepto de comunidad y clasificará las características de sus “similares”. Finalmente, Javier advertirá lo que Troiden ha denominado “disembodied affiliation”: el fenómeno digital por el cual un sujeto asimila su identidad a través de entidades incorpóreas. 


Si Javier asume las dinámicas digitales, interiorizará la idea de que su identidad no precisa de un cuerpo. En consecuencia, su homosexualidad se expresará de forma incorpórea, generando una enorme disociación entre su cuerpo y el deseo sexual. Con facilidad y esquivando la opresión social, este entramado cibernético cimentará las bases de una sociedad deshumanizada que prioriza la “seguridad” digital en detrimento de las relaciones abiertamente homosexuales. 


En este momento, Javier apaga su móvil y se adentra en el mundo real. Se sienta a cenar con sus padres y el telediario anuncia una nueva agresión homófoba; estudia en un colegio donde “heterocurioso” le insulta y llama maricón; vuelve a su casa y enciende el teléfono. Entre sus manos sostiene la única esperanza, apaga las luces y se sumerge entre las sábanas de su cama. Abre sus redes sociales y repite el proceso. Javier nunca será gay, solo incorpóreo. Javier conocerá a un chico y no entenderá por qué su cuerpo tiembla. Crecerá y descubrirá a dos hombres ocultos en un bosque. A Javier siempre le quedará Internet. 

lunes, 7 de octubre de 2024

Y tú, ¿cómo definirías "vida"?

Definir cualquier cosa es complicado y controvertido. Las múltiples polémicas protagonizadas por la RAE como consecuencia de sus definiciones, ponen esto de manifiesto. Intentar explicar qué es un elemento, realidad o situación es difícil y, esta contrariedad aumenta ante la falta de vocabulario o los límites del lenguaje. Una de las tácticas más recurrentes para evitar este brete, es el uso de antónimos o contrarios. De este modo, para definir palabras como “blanco” sólo haría falta decir: “aquello que NO es negro”. 

Puede que este ejemplo resulte absurdo y sencillo pero, lo cierto, es que este modo de definición alberga consecuencias. Cuando este mecanismo es empleado para nombrar realidades más complejas que el color “blanco”, el uso de contrarios resulta ineficaz. Autores como Edward Said basan parte de su obra e hipótesis en analizar las consecuencias producidas por la definición a través de antónimos en cuestiones vinculadas con la identidad. 

A pesar de que en este supuesto, las parejas de contrarios funcionan de forma complementaria, en realidad, una de las palabras siempre acaba alzándose por encima de la otra. En el ejemplo aportado por Said, “Occidente” se define como “lo contrario de Oriente”, siendo este último el más perjudicado y denostado. En este caso concreto, Oriente se convierte en la víctima por la primacía de discursos occidentalizados que falsean su verdad. No obstante, existen ejemplos más simples que reflejan la forma en la que uno de los antónimos posee un mayor estatus: “gordo” y “flaco”, “alto” y “bajo”, “blanco” y “negro”... 

El uso exacerbado de redes sociales nos ha vuelto más perezosos. Por ello, en ocasiones hacemos uso de mecanismos menos eficaces pero más veloces. Vemos shorts en lugar de leer artículos, usamos la IA en lugar de escribir artículos y usamos antónimos a modo de definición. Sin embargo, hay ocasiones en las que las realidades o temas que buscamos abordar son tan complejas que escapan de estas fórmulas simplificadas (véase nuevamente el ejemplo de Said). ¿Cómo definirías “vida”? ¿Es la vida la “NO muerte”? Si es así, ¿cuál de las palabras posee un mayor “caché”? ¿Es “muerte” mejor que “vida”? 

Prácticamente desde los inicios de la historia, los seres humanos hemos tratado de dotar de sentido a la palabra “vida”. Al hablar de “vida”, resulta inevitable no tener presente a la “muerte”. Los humanos inventamos las religiones, los cultos, leímos las estrellas y nos refugiamos en el arte con el fin único de buscar una definición certera para estas palabras. Durante mucho tiempo, conseguimos a base de mitos y demás historias imaginarias acallar la necesidad de buscar una definición certera para estos términos. Todo esto cambió, tal y como reparan autores como Adorno y Horkheimer, con la llegada de la Ilustración y el desarrollo de “el método científico”. 

Lo cierto es que ni siquiera el enorme desarrollo técnico que ha tenido lugar en la humanidad a partir de “el siglo de las luces”, ha sido capaz de aportar algo de luz a esta problemática. Más bien al contrario. 

Recordemos que el desarrollo tecnológico, nos ha vuelto más perezosos. Cada día estamos más cerca de convertirnos en la caricatura de nosotros mismos realizada por Pixar en la película Wall-e. Ante problemáticas como la búsqueda de una definición de “vida” o “muerte”; ya no empleamos la imaginación ni confiamos en la ciencia. Ahora, buscamos la respuesta a golpe de click. A veces se nos olvida que somos nosotros mismos quienes generamos el contenido de Internet. Nosotros, los humanos. Las redes sociales se han convertido en un espacio de total transparencia entendiendo a esta como la falta absoluta de secreto. Es a través de las redes sociales donde compartimos todo nuestro día a día: momentos tristes, felices, de duelo, enfado… También es en las redes sociales donde escondemos que no tenemos respuesta a todo. 

Ante la llegada de la muerte de un familiar, ser querido o mascota, ya no acudimos a la Iglesia, dejamos flores, ponemos esquelas ni escribimos en un diario. Los post de Instagram se han convertido en la nueva forma de luto. En ellos no nos limitamos a expresar la falta o anhelo de quien se ha marchado sino que también, nos dirigimos a él o ella. Esto pone en manifiesto nuestra disociación con el medio, (anunciada ya a través de autores modernos como Baudelaire), y confirma la teoría propuesta por Baudrillard y en la que se inspiraron las películas de Matrix: cada día estamos más cerca del simulacro. 

La frustración consecuencia del fracasado "contacto con el más allá" a través de redes o por el fallo en la búsqueda de respuestas a través de las mismas representa ya a más de una generación. De momento, no puedo ofrecer una definición de "vida" mejor que "NO muerte" o viceversa.


Nayara Garde Carlos, Grupo 61


REFLEXIONES

Marcos Moreno González En este blog no quería explicar algún estudio de caso o problemática, sino que he preferido reflexionar acerca de u...