lunes, 16 de diciembre de 2024

REFLEXIONES

Marcos Moreno González

En este blog no quería explicar algún estudio de caso o problemática, sino que he preferido reflexionar acerca de una experiencia que he tenido recientemente. En una tarea de clase teníamos que hacer un trabajo con el empleo de nuevas tecnologías. En nuestro caso, decidimos que lo mejor sería hacer TikToks divulgativos del contenido del trabajo. Hasta aquí cualquiera piensa que puede ser normal la experiencia, sin embrago, mi frustración llega a la hora de tener que explicar a cámara el trabajo, verme grabándome mientras explicaba mi parte del trabajo y pensaba lo disociativo que es verte a ti mismo en cámara a tiempo real hablando, sabiendo que eso mismo tienes que editarlo, por lo tanto, volver a verlo las veces que sean necesario, y acabar publicándolo. Entonces, cuando estás inmerso en el proceso de creación del video tienes que repetir una y otra vez porque saber que te estás grabando te pone nervioso y fallas trabándote, olvidarte cosas o explicándolo mal. Además, tienes que hablar con un tono persuasivo que capte la atención de la audiencia. En sí, tienes que hacer todo sabiendo que hay gente viéndolo y tienes que hacerlo lo mejor posible para que la mayor cantidad de gente se quede a verlo y capar su atención.

La verdad que ahora escribiéndolo me parece una soberana gilipollez lo que estoy diciendo, pero en el momento que lo grabé me pareció algo super disociativo y aún más pensar que hay gente que se dedica a ello. Hay gente cuyo modus vivendi es grabarse hablando de su vida, haciendo cosas y en sí poniendo la cámara frente a ellos, hablar, editar esos videos, subirlos y esperar a que tenga engagement para su cuenta. Lo peor no es eso, sino que hay un componente narcisista en todo esto (lo repito mucho). Y es en el hecho de que estas personas se piensen que todo lo que diga importa a la sociedad; que hay una expectación por su vida, por sus palabras; que hay necesidad de validación de todo aquello que se cuenta a base de likes y comentarios. Y, en todo esto, también hay que analizar el hecho de que, si haces tu modus vivendi el publicar tu vida, opiniones y acciones llega un punto en el que puedes hasta perder tu noción de la intimidad dando pie a todo tu público a que te juzgue.

Lo peor de esto es en el momento en el que se combinan las ideas de los dos párrafos; pasa algo en tu vida o carrera en redes que se vuelve una polémica y tienes que grabarte dando explicaciones. Por ejemplo, en el caso del blog anterior en el que se comentaba el encarcelamiento del marido de la influencer Madame de rosa por atraco, tráfico de drogas, fuga… que tuvo que grabarse y editarse llorando y dando explicaciones sobre su relación (supongo que se lo editarían porque pagará a alguien para que se lo haga). Me parece algo de estar completamente disociada tener que llorar frente a una cámara, mirarte en la pantalla mientras te grabas para saber si sales guapa, tener que hacer un trabajo previo de ponerte ropa en colores claros porque sabes que así proyectas mejor imagen, adecentarte cruces en el cuello para vincularte con valores cristianos, narrar tu discurso y luego tener que editarlo mientras ves una y otra vez llorando. Todo este proceso me parece que hace que separes tu persona, tu identidad corpórea y física de la que proyectas en internet. Y puedes pensar que es parecido a la gente que vende su vida en televisión y acaba llorando, pero, a mi juicio, me parece aún más disociativo y narcisista porque tú trabajas con tus propios medios y tú eres la persona qué tienes que encender las luces, encontrar el mejor plano para verte mejor, vestirte de la manera menos inofensiva y que te haga ver mejor, editarte, publicarte etc. Mientras que en televisión tú vas ahí, cuentas tu movida y todo lo demás, en mayor o menor medida, es responsabilidad de otros.

No sé si esta entrada es algo absurda pero la verdad que ha sido algo extraño todo este proceso de creación y publicación de un TikTok y, sobre todo, el plantearte como lo vivirán las personas cuyo modo de vida se basa en esto. Pero como cierre, como no te vas a volver una persona narcisista en redes cuando tienes que estar grabándote y exponiéndote con la ansiedad de que ese contenido llegue a gente y tenga éxito.

lunes, 9 de diciembre de 2024

Te pierdo y no te voy a encontrar

Además de las conversaciones incómodas, muchas conversaciones importantes han sido trasladadas al plano digital. Esto vuelve a estar vinculado con la incomodidad que normalmente las acompaña. Resulta difícil “romper el hielo” y “lanzarse a la piscina” a la hora de realizar una declaración de amor (o de guerra) o de dar inicio a lo que será una despedida sin final. A todo esto, se le debe sumar la incursión de lo tecnológico en nuestra cotidianidad. Son muchas las veces en las que, a pesar de estar cara a cara, la comunicación se establece vía online. Este modo se considera más íntimo; recibir un mensaje privado cuando estás rodeado es sinónimo de complicidad. El “cuentitos a la oreja, cuentitos de vieja” ha evolucionado y, ahora, puede ser reemplazado por algo así como “mensajitos al privado, mensajitos de pringado”. 

Los mensajes se convierten en algo más que simples acumulaciones de palabras. Suponen una recopilación de pequeños gestos que adquieren un mayor significado según su contexto; un simulacro de las verdaderas conversaciones fugaces, que son “llevadas por el viento”. Los chats de Whatsapp componen un diario compartido, lleno de fotos, momentos y vídeos. Deslizando por la conversación, todos esos recuerdos abandonan la pantalla y transportan a su lector, que es a su vez emisor y receptor. Mediante la lectura de una serie de mensajes, se reafirma la legitimidad de la relación establecida entre los participantes del chat. Sin embargo, se trata de un diario etéreo de fácil pérdida. 

¿Qué pasa si un día te levantas y han desaparecido todos los datos de Whatsapp? Ese diario compartido se habrá desvanecido para siempre, no hay ningún sitio donde se pueda buscar. No existe una papelera digital o, al menos, no existe una que se pueda alcanzar con facilidad. Aquel diario íntimo no estará entre las sábanas ni debajo del sofá. Se habrá perdido de verdad, ¿cómo justificar entonces que entre los miembros del chat existe (o existía) una relación genial? 

Hemos vuelto a encerrar lo espontáneo dentro de una pantalla rectangular. Esto nos lleva a generar vínculos con conversaciones y demás gestos que, antes, se perdían en el directo.

NAYARA GARDE, GRUPO 61


domingo, 8 de diciembre de 2024

¡Eureka!

 La "anagnorisis", ese término griego que se traduce como "reconocimiento" o "descubrimiento", ha sido un pilar fundamental en la narrativa desde los tiempos de Sófocles y Aristóteles. Se refiere a ese momento revelador en el que un personaje, o incluso el espectador, alcanza una nueva comprensión de su identidad o de la situación que lo rodea. Sin embargo, en la actualidad, parece que estamos perdiendo esta capacidad de reconocimiento profundo, y las nuevas tecnologías tienen mucho que ver en ello.


Vivimos en un mundo donde la información está al alcance de un clic. Las redes sociales, los smartphones y las aplicaciones nos bombardean constantemente con datos, imágenes y opiniones. Si bien esto puede parecer una bendición, también ha creado un entorno donde la superficialidad reina. La anagnorisis, que requiere tiempo, reflexión y una conexión genuina con uno mismo y con los demás, se ve amenazada por la inmediatez de la era digital.
Imaginemos a un joven que, en lugar de sumergirse en un libro que lo lleve a cuestionar su existencia, prefiere desplazarse por un feed de Instagram. En este espacio, las imágenes son cuidadosamente curadas y los mensajes son breves y, a menudo, vacíos. La profundidad de la experiencia humana se reduce a "likes" y comentarios efímeros. La posibilidad de un momento de revelación, de un "¡Eureka!" personal, se diluye en la inmediatez de la gratificación digital.

Además, la sobrecarga de información puede llevar a la confusión y a la desorientación. En lugar de encontrar claridad a través de la introspección, muchos se ven atrapados en un ciclo de comparación constante. La anagnorisis, que debería ser un proceso interno, se convierte en una búsqueda externa de validación. ¿Cuántas veces hemos visto a alguien que, en lugar de reflexionar sobre su vida, busca respuestas en las tendencias de Twitter o en los videos virales de TikTok?Por otro lado, las nuevas tecnologías también han transformado la forma en que nos comunicamos. Las conversaciones cara a cara han sido reemplazadas en gran medida por mensajes de texto y emojis. Esta falta de conexión con el otro supone la difuminación de las huellas, el abandono total con respecto al mundo. 

La rebelión de las palabras no escuchadas

En un mundo donde la vida parece no existir si no es publicada y aprobada por otros, la esencia del ser humano, en su forma más pura y vulnerable, se ve forzada a esconderse. Las redes sociales han transformado nuestras experiencias más genuinas en mercancías que deben ser consumidas, analizadas y, lo peor, comparadas. Cada conversación, cada gesto, cada sentimiento se convierte en contenido. Pero en medio de la continua exposición, existen momentos, raros pero preciosos, que escapan a la dictadura del ojo público: esos instantes compartidos en la intimidad, que no necesitan ser vistos por nadie más para tener valor; un abrazo, un beso, una conversación real.

Es en el silencio de un sofá, lejos de las cámaras y los flashes, donde el amor y la conexión humana realmente florecen, casi como un susurro que nadie puede escuchar. Dos personas sentadas, cómodas, sin filtros, sin la necesidad de crear una imagen perfecta para satisfacer las expectativas de las masas virtuales. Es ahí, en ese espacio privado, donde la verdadera conexión emerge.Es cuando por fin, somos capaces de crear un vínculo verdadero. Mientras el mundo sigue obsesionado con el número de likes o los comentarios vacíos de aprobación, un simple momento compartido de vulnerabilidad en una conversación se convierte en un acto casi subversivo.

La sociedad digital ha hecho del placer y la satisfacción algo que debe ser mostrado, filtrado y catalogado. No basta con disfrutar de una comida deliciosa o de un día cualquiera. Ahora todo debe ser compartido, porque si no se ve, ¿realmente existe? En ese sentido, las redes sociales han conseguido que la más pura de las experiencias humanas se convierta en un espectáculo constante, una obsesión por lo visible, lo estéticamente aceptado. Sin embargo, lo que se pierde en esta constante necesidad de aprobación es la esencia misma de la intimidad. La verdadera conexión no está en lo que se muestra, sino en lo que se vive en privado, en lo que no necesita ser validado para ser importante.

Y es en este acto, tan sencillo como hablar en un sofá, que nace una resistencia profunda, un refugio secreto donde la autenticidad no depende de una audiencia, sino de la conexión genuina entre dos almas. Al no mostrarlo al mundo, el placer de la conversación se eleva, pues no está condicionado por la expectativa ni por el deseo de ser visto. En un entorno que exige visibilidad, el valor de lo invisible se revela como un acto de valentía. Me atrevería a decir que la verdadera libertad, entonces, se encuentra en los momentos compartidos en la oscuridad, donde el rostro del otro es lo único que importa, y las palabras se tejen como un refugio que no necesita ser visto para existir. En ese espacio, lo íntimo no se pierde, sino que florece en su forma más pura.


¿De dónde viene la ansiedad?

El otro día estuve hablando con mi madre sobre los traumas. Decía yo, muy comprensiva, algo así como; "Debe entenderse a tal persona, aunque no se la justifique, porque tiene muchos traumas". Ella me dio la respuesta previsible que tantas veces hemos oído los jóvenes de cristal como yo de la boca de la generación de nuestros padres: "¿Qué traumas? Antes nadie decía que tenía traumas. Yo no tengo ningún trauma". Pero, aunque he escuchado mil veces la misma idea reformulada de mil maneras distintas, esta vez, por lo que sea, me hizo reflexionar. Desde hace años, entre mis amigos siempre se ha usado muy a la ligera la palabra "trauma". Cuando rememoramos episodios vergonzosos de la ESO, como tal clase, tal error garrafal o tal conversación incómoda, los calificamos, enseguida (y medio en broma), como "traumas". 

En mi entrada sobre el lenguaje de autoayuda pseudo-terapéutico neoliberal, concluí que el uso de este tipo de palabras responde a una necesidad de guía, de sentido. Proporcionan un marco en el que situar el sentimiento para, desde ahí, lidiar con él de acuerdo a unos pasos sencillos, una especie de receta sobre cómo ser un ser humano o cómo actuar. Nadie quiere ser libre, determiné. Trauma, desde luego, es una de esas palabras útiles; permite, muy rápidamente, no solo calificar la importancia de un episodio para nosotros mismos, sino también que los demás se hagan una idea del carácter determinante de un momento pasado para nosotros.

Ansiedad es, quizás, otro de esos términos adoptados del lenguaje terapéutico que hemos asumido en la conversación informal, y otra de esas afecciones que, según mi madre, los jóvenes del pasado no padecían. Lo cierto es que parece que los datos muestran una incidencia creciente de este tipo de trastornos ansiosos entre las personas de 18 a 24 años; en este grupo de edad, uno de cada tres individuos señala haber experimentado un problema de salud mental, ya sea depresión o ansiedad. En el año 2000, la proporción era de uno a cuatro. En España, se ha dado un aumento de las hospitalizaciones psiquiátricas de jóvenes de forma constante desde el inicio de siglo, y el suicidio se ha convertido entre estos en la primera causa de muerte prematura. Además, en torno al 60% de las personas entre 25 y 29 años toma benzodiacepinas para la ansiedad o para dormir mejor

Es evidente que estos datos responden a una serie de causas. Pero ¿a cuáles? ¿Ha desarrollado mi generación simultáneamente una mutación que provoca un desequilibrio químico de fábrica? Se está tratando como si este fuera el caso. ¿Es posible que se esté dando una respuesta farmacológica (y cognitivo-conductual) a un germen mucho más profundo, estructural? Y, por tanto, ¿a qué responde la responsabilización individual de los "problemas" mentales de los individuos a ellos mismos, a una especie de fallo moral o personal o predisposición genética? ¿Qué papel juegan las redes sociales en esta responsabilización, y en el aumento de la incidencia de trastornos mentales, en particular, de la ansiedad? Se me ocurren muchas preguntas. Todas podrían resumirse en: ¿de dónde viene la ansiedad?

Antes, siempre que se me decía que en el pasado la gente no tenía traumas, ni ansiedad ni esas enfermedades modernas se ha inventado mi generación en Internet, yo reflexionaba para mis adentros que la respuesta al debate se daba en una cuestión lingüística. La clave, pensaba yo, era que antes no había palabras que dieran nombre a los sentimientos conflictivos que experimentaban las personas. Ahora, gracias a la divulgación en redes, todos conocemos las denominaciones científicas, objetivas, de nuestros trastornos, que ya existían antes, solo que sin una calificación que nos permitiera tratarlos. Sin embargo, he cambiado de opinión, como he hecho evidente en entradas previas. Ya no estoy tan segura de que estos términos se refieran a realidades objetivas; me pregunto, más bien, si no las crean ellos mismos, para facilitar la existencia (que no la vida) a las personas que se sienten deprimidas o ansiosas en el seno de un sistema al que los "trastornados" no resultan útiles.

Esto complica las cosas, claro. Si el problema no es que las generaciones previas no poseyeran el lenguaje "adecuado", sino que hay un motivo estructural por el cual los jóvenes de ahora sufren más, en general, ¿cuál es este motivo? Es evidente que las redes sociales son solo parte del problema pero, aun así, probablemente se relacionen con la cuestión de muchos modos. ¿O es casualidad que sea la generación que más expuesta ha estado desde su más tierna infancia  a las redes (los "nativos digitales") sea, ya adulta, la que más tiende a desarrollar este tipo de trastornos? Me pregunto, ¿será culpa de la nostalgia? ¿De los nuevos requisitos y formas de relación que impone la infraestructura de las redes a las conexiones humanas? ¿Del lenguaje que en ellas se emplea? ¿Del aislamiento que motiva su uso diario? ¿De la estimulación continua de los receptores de dopamina? ¿De la exposición constante a todos los hechos terribles que se dan en todas partes, con causa humana, y que parecen precipitarnos en todo momento al fin del mundo? Hay muchas cuestiones que me gustaría haber tratado en esta entrada, o en mis entradas de blog, en general, que se han quedado en el aire. Cierro con muchas preguntas, y con pocas respuestas. Pero quizás las preguntas ya sirvan de algo.

Alejandra Martínez Rodríguez

sábado, 7 de diciembre de 2024

60 mil minutos de ruido y un himno al silencio

El otro día, en una de mis navegaciones constantes en la interfaz de Twitter (me reservo el derecho a negarme a llamarlo X) me deparé con alguien que afirmaba que tener más de 10 mil minutos escucha en Spotify, era un sinónimo de no poder estar solos con nuestros propios pensamientos. Es curioso, porque aparte de tener más de 60 mil minutos contabilizados por las estadísticas de Spotify, mientras escribo esto, estoy escuchando Enjoy The Silence, de Depeche Mode. Irónicamente (porque me considero una de estas personas que no soporta el estar en silencio, de ahí tantas decoloraciones y cambios de look), es mi canción favorita. Ante eso, me propongo analizar la incongruencia entre el fenómeno Spotify Wrapped y la canción de la banda británica.

Contextualizando un poco, cada final de año, Spotify inunda las redes sociales con un vistazo colorido a nuestras tendencias musicales del año a través de la publicación de sus estadísticas sobre cada usuario. A esto se le ha denominado Spotify Wrapped. Nos recuerda las canciones que definieron nuestros momentos, los géneros que exploramos, e incluso cuánto tiempo dedicamos al sonido, algo que parece divertido a simple vista. Pero, en una sociedad en la que muchos sufrimos por la ansiedad constante, ¿alguna vez te has detenido a pensar en lo que este fenómeno dice sobre nuestra relación con el silencio?

La ansiedad, en sí, guarda una relación completamente paradójica con el silencio. Por un lado, el silencio es visto como una vía para la calma y la introspección, pero para quienes lidian con ansiedad, el silencio puede ser un disparador poderoso. Además, la ansiedad a menudo implica una hiperactividad mental, un estado en el que la mente busca constantemente problemas que resolver o amenazas que anticipar. El silencio, lejos de ser un refugio, se convierte en el escenario perfecto para que estos patrones de pensamiento ganen fuerza

En este caso, Spotify Wrapped no solo es un escaparate de nuestras preferencias musicales; también es un reflejo de cómo usamos el sonido para llenar espacios. Cada minuto registrado puede ser evidencia de cómo buscamos evitar el silencio, especialmente para quienes lidian con la ansiedad. El acceso constante a música y podcasts nos permite construir un escudo contra los pensamientos intrusivos que pueden surgir en el silencio. En lugar de enfrentarnos a la calma, preferimos el acompañamiento de nuestras playlists, diseñadas para cada momento: trabajar, entrenar, relajarnos o incluso dormir. 

Dejamos de hacer una escucha activa y damos lugar a la pasiva, perdiendo también la posibilidad de contemplar y apreciar el arte musical. Nos hemos acostumbrado tanto al ruido que el silencio se siente como un vacío incómodo. En lugar de incentivarnos a afrontar directamente esa necesidad de estar cómodos con nosotros mismos, Spotify Wrapped la envuelve en colores brillantes y tendencias sociales, transformándola en un acto de conexión digital sobre el cual se erige una competición sobre quién tiene más minutos de escucha o ha consumido a más artistas. 

En contraste, Enjoy the Silence de Depeche Mode ofrece una perspectiva radicalmente distinta. La propia canción sugiere que las palabras, a menudo, resultan en un acto de violencia, por lo que son innecesarias, mientras que al silencio, le rodea un valor intrínseco, al cuál se debe respetar y apreciar, teniendo en cuenta todo aquello que necesitamos, que ya está a nuestra disposición. No hablamos únicamente de una obra maestra musical, sino también de un recordatorio de que el silencio debe ser una fuente de consuelo, algo que podemos observar en su videoclip: Dave Gahan busca un lugar ideal para sentarse y simplemente disfrutar del silencio. Su propia atmósfera melancólica y reflexiva, nos desafía a aceptar el silencio como una forma de comunicación más profunda y significativa. Mientras celebramos nuestra obsesión por el ruido, también anhelamos una pausa, un momento para respirar.



El silencio, lejos de ser un vacío aterrador sobre el cuál gobiernan los pensamientos intrusivos, es un espacio para reconectar con nosotros mismos, que nos permite apreciar las pequeñas cosas que poseemos y nos producen buenas sensaciones. Se ha de entender al silencio como un momento de desconexión de todos aquellos miedos que nos asolan día trás día. Escuchar Enjoy the Silence no solo nos da una experiencia auditiva inolvidable (ojalá volver a escucharla por primera vez), sino que también puede ser un recordatorio de que el silencio tiene su propio ritmo, una melodía que merece ser apreciada.

Quizás, la incongruencia entre mi necesidad por el ruido y mi amor tan profundo por esta canción radica en que, aunque mi vida esté llena de ruido, sigo anhelando esa pausa, ese lugar donde el silencio sea suficiente, dónde mis monstruos no sean capaces de comerme viva. Quizás ahí reside la verdad más profunda: no se trata de elegir entre el ruido o la calma, sino de aprender a coexistir con ambos, permitiéndonos escuchar no solo lo que el mundo tiene que decir, sino también lo que nos susurra el silencio. Y, en ese espacio, encontrar finalmente un poco de paz.



OTRA VEZ MUERTE

 EN UN BANCO MOJADO

Estoy sentada en un banco. El día es gris y llueve, pero no de verdad. Las gotas son tan pequeñas que ni siquiera las siento caer sobre mi cabeza. Hace frío, pero no demasiado, el problema es que no me he puesto el abrigo adecuado. Estoy fumando un cigarro mientras escucho a los niños del colegio jugar en el patio. Pienso en lo que pensará la gente al verme: ¿no es extraño que una chica como yo, con el pelo encrespado y el rostro desmaquillado, fume con la mochila a cuestas frente a un centro infantil? Deben creer que me gustan los niños, los niños humanos. Deben creer que soy un mal ejemplo, un ejemplo nefasto para los niños humanos. Ninguna de las dos cosas es verdad. No me gustan los niños y soy mucho más que una joven fumando; lo cierto es que me paso la vida estudiando. Hoy he abandonado las clases porque me siento triste. ¿No deberían los niños seguir mi ejemplo? Tienen aprender que, si no estás bien, siempre se puede desaparecer. No se existe ante la mirada de quienes te ven fumando y pensando con los gritos de una escuela de fondo. 

Se ha sentado una mujer a mi lado. Pienso en lo que pensará la gente al verla: no es extraño que alguien como ella, con gafas de sol y un abrigo largo, esté sentada con el rostro desencajado frente a un centro infantil. Pronto comienzo a ignorarla. Es raro que haya decidido sentarse a mi lado; la calle está repleta de bancos abandonados. De pronto la mujer carraspea y, sin mirar hacia mí dice: 

- Perdona… ¿me darías un cigarro? 

Claro, por eso se ha sentado a mi lado. También sin mirarla extiendo mi paquete de tabaco y pronto comprendo que voy a tener que liar yo el cigarro. Al fumar, esta mujer absorberá mi saliva pegada al papel. Le doy el tabaco ya enrollado y, esta vez, la miro. Lo que va a suceder es algo íntimo: al fumar, esta mujer absorberá mi saliva pegada al papel. Con mi mechero negro, prende su cigarro y exhala con fuerza y gusto su primera calada. Entonces se quita las gafas de sol, me mira y empieza a hablar. En lo que dura un cigarro me lo cuenta todo. 

Resulta que la mujer viene directa del hospital. Su padre acaba de morir y ya está todo listo para el funeral. Tanto a ella como a mí nos sorprende la velocidad con la que se ha preparado el velatorio. Pronto llegamos a la misma conclusión. En las ciudades debe morir gente constantemente, si la cosa no va rápido, ¿dónde yacerán el resto de cadáveres? Yo creo que aquí, mueren unas 400 personas al día. “¡Muchas menos!”, opina ella. Pienso en que la mujer no tiene en cuenta a quienes mueren sin nadie que los vele o quienes mueren sin nadie que se entere. 

Su padre ya llevaba enfermo un tiempo. Las dos estamos de acuerdo en que que haya muerto es lo mejor. El anciano no ha sufrido. Aun así, y aunque hayan pasado pocas horas, la mujer me dice que ya lo echa de menos. Pienso en que hay muchas formas de echar de menos y que, probablemente, esa sea la peor de todas. Ella no va volver a ver a su padre nunca; al menos nunca vivo. No le digo nada. Espero a que continue con su historia mientras fuma. Es raro que no esté llorando, igual es demasiado pronto. 

Dos niños se acercan a la valla y, entre saltos y grititos intentan llamar nuestra atención. Son sus hijos, un chico pequeño y una chica aún más pequeña. Rectifico, solo intentan llamar su atención. Con el cigarro en la mano, pero, con una actitud y una cara diferentes, la mujer les saluda y les lanza besos. Ha venido a recogerlos y llevarlos junto a su abuelo. De momento, los niños no saben nada. Cuando ellos se alejan de la valla, la mujer me cuenta cómo ha intentado prepararlos para tan dura noticia: cuentos en los que la madre muere, pelis en los que el padre muere, sobornos para que fueran a ver al convaleciente abuelo, etc. Pero los niños no habían entendido nada. 

Pienso en cuál habría sido el método más efectivo para que los pequeños comprendieran la gravedad de la muerte. Su madre debería haberles comprado un pez, tal vez un hámster, y dejarlo sin alimento hasta que el animalillo padeciera frente a ellos. No le digo nada. ¿Qué culpa tienen el pez y el hámster? Tal vez exista una forma menos cruel de darles muerte. Tal vez la mujer sepa una forma menos cruel de darles muerte, pero, sigo sin decir nada. Nunca lo sabré. 

Se ha terminado el cigarro. Nos quedamos un rato en silencio; por un momento he pensado que me iba a pedir otro. Pero no lo hace. La mujer se pone sus gafas de sol, me dedica una pequeña sonrisa y entra al colegio. He permanecido callada y meneado tímidamente mi cabeza a modo de despedida. Pienso en que debería haberle dicho algo, pero, ¿el qué? ¿Te acompaño en el sentimiento? Mentira. ¿Lo siento? También mentira. He hecho bien en quedarme en silencio. 

Vuelvo a estar sola en el banco. Debería irme, pero no me muevo, siento que estoy esperando a algo. Los minutos pasan y, entonces, la mujer aparece por la puerta con un niño colgando de cada brazo. Pronto entiendo que es a eso a lo que estaba esperando. Cada uno de sus hijos sostiene diferentes manualidades entre sus manos y las agitan animados. Están contentos, ha debido de ser un buen día de colegio. Han dibujado, han gritado con sus amigos en el patio y se van antes a casa. Su madre tenía razón: los niños no han entendido nada. Los veo marcharse calle arriba; esta vez la mujer ni me mira. He vuelto a no existir. 

Imagino como será su trayecto en coche hasta el velatorio. Supongo que primero pasarán por casa. La mujer permanecerá callada hasta entonces. Escuchará en silencio el día tan maravilloso que estaban teniendo sus hijos y odiará a su padre en secreto por haberse muerto. Les dará algo de comer y los niños aún seguirán sonrientes. Comenzarán a darse cuenta de que algo no va bien cuando su madre se niegue a sentarse con ellos en la mesa. Entonces llegará el momento. Los niños deberán despojarse de sus uniformes y ponerse su ropa de funeral: un vestido oscuro para ella, una camisa, también oscura, para él. Mientras los viste, la madre les contará a donde van; los niños seguirán sin entender nada, pero al menos, ya no reirán. O puede que sí. Pienso en el más mayor, igual él intenta hacer a su madre feliz. Puede que le den un abrazo, o no. Igual aún no. 

Cuando lleguen al tanatorio se encontrarán con el resto de su familia, si es que la hay. He supuesto que los niños no tenían padre; ni padre ni otra madre. En mi mente la mujer que ha estado sentada a mi lado está sola. Pienso en que, aunque esto no sea así y la mujer tenga pareja, seguirá estando sola de igual manera. A nadie más se le ha muerto el padre. Bueno, igual tiene hermanos. Pero a nadie más se le ha muerto el padre y tiene dos niños pequeños que no entienden nada. O tal vez sí. Lo único que sé es que a nadie más se la ha muerto el padre, tiene dos niños pequeños que no entienden nada y se ha sentado a mi lado en un banco. Eso seguro. 

Me pregunto si los niños verán al abuelo muerto. Como tampoco tengo respuesta me canso de pensar en el tema. Por fin me levanto del banco y corro a mi piso: ha empezado a diluviar. Mi día ha seguido siendo triste, pero por fin termina. 

Hoy he vuelto a sentarme en el banco de enfrente. Me quedan solo dos cigarros: uno para mí y otro para ella. Esta vez los traigo preparados. 

Hoy ya no llueve. Tampoco se oyen gritos en el patio. El ambiente está raro. Desde el banco veo como, poco a poco, el patio se llena de gente. Me acerco a la valla, también callada, y observo a los pequeños. Están serios. Guardan un minuto de silencio: las caras de los hijos de la mujer de mi lado están en el patio, congeladas. Solo son fotos. Corro al estanco y compro el periódico. Por fin respuestas. 

La prensa dice que se cayeron accidentalmente por un puente. Por culpa de la lluvia, la mujer de mi lado habría perdido el control de su coche. Se habían despeñado los tres, juntos. La muerte había sido inmediata. Iban vestidos de funeral. 

Yo sé lo que ha pasado de verdad. Como bien predije, la mujer había conducido a los niños hasta casa. Ahí, sola, les dio la noticia. Ellos siguieron sin entender nada: no le dieron un abrazo, no se quedaron callados. Desesperada, la mujer asumió que la única manera de hacerles comprender la muerta era provocando la suya propia. Pensé en que tendría que haberle propuesto que asesinara a un pez frente a sus inocentes hijos. Daba igual que el animal sufriera, daba igual que hubiera sangre. También podría haber dado un cigarro a sus hijos. Yo misma le hubiera dejado de mi tabaco. Poco a poco hubieran notado a la muerte bajar por su garganta. Poco a poco hubieran entendido. 

La mujer que fumó de mi saliva no debía haber pegado ese volantazo. Igual lo hizo prestando atención a mi presagio sobre la alta cifra de defunciones diarias en la ciudad. Tendría que haber esperado a que los niños vieran el cadáver del viejo. Ella era la única a la que se le había muerto el padre, tenía dos niños que no entendían nada y se había sentado a mi lado en un banco. Pero ellos habían perdido a su abuelo y no entendían nada. Tendría que haber esperado. 

Seguramente la mujer que se sentó a mi lado no pensó para nada en mí. Yo necesitaba su historia para existir. Ella echaba demasiado de menos para vivir. Espero que ahora estén juntos por ahí. 

Nayara Garde, Grupo 61





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