sábado, 7 de diciembre de 2024

OTRA VEZ MUERTE

 EN UN BANCO MOJADO

Estoy sentada en un banco. El día es gris y llueve, pero no de verdad. Las gotas son tan pequeñas que ni siquiera las siento caer sobre mi cabeza. Hace frío, pero no demasiado, el problema es que no me he puesto el abrigo adecuado. Estoy fumando un cigarro mientras escucho a los niños del colegio jugar en el patio. Pienso en lo que pensará la gente al verme: ¿no es extraño que una chica como yo, con el pelo encrespado y el rostro desmaquillado, fume con la mochila a cuestas frente a un centro infantil? Deben creer que me gustan los niños, los niños humanos. Deben creer que soy un mal ejemplo, un ejemplo nefasto para los niños humanos. Ninguna de las dos cosas es verdad. No me gustan los niños y soy mucho más que una joven fumando; lo cierto es que me paso la vida estudiando. Hoy he abandonado las clases porque me siento triste. ¿No deberían los niños seguir mi ejemplo? Tienen aprender que, si no estás bien, siempre se puede desaparecer. No se existe ante la mirada de quienes te ven fumando y pensando con los gritos de una escuela de fondo. 

Se ha sentado una mujer a mi lado. Pienso en lo que pensará la gente al verla: no es extraño que alguien como ella, con gafas de sol y un abrigo largo, esté sentada con el rostro desencajado frente a un centro infantil. Pronto comienzo a ignorarla. Es raro que haya decidido sentarse a mi lado; la calle está repleta de bancos abandonados. De pronto la mujer carraspea y, sin mirar hacia mí dice: 

- Perdona… ¿me darías un cigarro? 

Claro, por eso se ha sentado a mi lado. También sin mirarla extiendo mi paquete de tabaco y pronto comprendo que voy a tener que liar yo el cigarro. Al fumar, esta mujer absorberá mi saliva pegada al papel. Le doy el tabaco ya enrollado y, esta vez, la miro. Lo que va a suceder es algo íntimo: al fumar, esta mujer absorberá mi saliva pegada al papel. Con mi mechero negro, prende su cigarro y exhala con fuerza y gusto su primera calada. Entonces se quita las gafas de sol, me mira y empieza a hablar. En lo que dura un cigarro me lo cuenta todo. 

Resulta que la mujer viene directa del hospital. Su padre acaba de morir y ya está todo listo para el funeral. Tanto a ella como a mí nos sorprende la velocidad con la que se ha preparado el velatorio. Pronto llegamos a la misma conclusión. En las ciudades debe morir gente constantemente, si la cosa no va rápido, ¿dónde yacerán el resto de cadáveres? Yo creo que aquí, mueren unas 400 personas al día. “¡Muchas menos!”, opina ella. Pienso en que la mujer no tiene en cuenta a quienes mueren sin nadie que los vele o quienes mueren sin nadie que se entere. 

Su padre ya llevaba enfermo un tiempo. Las dos estamos de acuerdo en que que haya muerto es lo mejor. El anciano no ha sufrido. Aun así, y aunque hayan pasado pocas horas, la mujer me dice que ya lo echa de menos. Pienso en que hay muchas formas de echar de menos y que, probablemente, esa sea la peor de todas. Ella no va volver a ver a su padre nunca; al menos nunca vivo. No le digo nada. Espero a que continue con su historia mientras fuma. Es raro que no esté llorando, igual es demasiado pronto. 

Dos niños se acercan a la valla y, entre saltos y grititos intentan llamar nuestra atención. Son sus hijos, un chico pequeño y una chica aún más pequeña. Rectifico, solo intentan llamar su atención. Con el cigarro en la mano, pero, con una actitud y una cara diferentes, la mujer les saluda y les lanza besos. Ha venido a recogerlos y llevarlos junto a su abuelo. De momento, los niños no saben nada. Cuando ellos se alejan de la valla, la mujer me cuenta cómo ha intentado prepararlos para tan dura noticia: cuentos en los que la madre muere, pelis en los que el padre muere, sobornos para que fueran a ver al convaleciente abuelo, etc. Pero los niños no habían entendido nada. 

Pienso en cuál habría sido el método más efectivo para que los pequeños comprendieran la gravedad de la muerte. Su madre debería haberles comprado un pez, tal vez un hámster, y dejarlo sin alimento hasta que el animalillo padeciera frente a ellos. No le digo nada. ¿Qué culpa tienen el pez y el hámster? Tal vez exista una forma menos cruel de darles muerte. Tal vez la mujer sepa una forma menos cruel de darles muerte, pero, sigo sin decir nada. Nunca lo sabré. 

Se ha terminado el cigarro. Nos quedamos un rato en silencio; por un momento he pensado que me iba a pedir otro. Pero no lo hace. La mujer se pone sus gafas de sol, me dedica una pequeña sonrisa y entra al colegio. He permanecido callada y meneado tímidamente mi cabeza a modo de despedida. Pienso en que debería haberle dicho algo, pero, ¿el qué? ¿Te acompaño en el sentimiento? Mentira. ¿Lo siento? También mentira. He hecho bien en quedarme en silencio. 

Vuelvo a estar sola en el banco. Debería irme, pero no me muevo, siento que estoy esperando a algo. Los minutos pasan y, entonces, la mujer aparece por la puerta con un niño colgando de cada brazo. Pronto entiendo que es a eso a lo que estaba esperando. Cada uno de sus hijos sostiene diferentes manualidades entre sus manos y las agitan animados. Están contentos, ha debido de ser un buen día de colegio. Han dibujado, han gritado con sus amigos en el patio y se van antes a casa. Su madre tenía razón: los niños no han entendido nada. Los veo marcharse calle arriba; esta vez la mujer ni me mira. He vuelto a no existir. 

Imagino como será su trayecto en coche hasta el velatorio. Supongo que primero pasarán por casa. La mujer permanecerá callada hasta entonces. Escuchará en silencio el día tan maravilloso que estaban teniendo sus hijos y odiará a su padre en secreto por haberse muerto. Les dará algo de comer y los niños aún seguirán sonrientes. Comenzarán a darse cuenta de que algo no va bien cuando su madre se niegue a sentarse con ellos en la mesa. Entonces llegará el momento. Los niños deberán despojarse de sus uniformes y ponerse su ropa de funeral: un vestido oscuro para ella, una camisa, también oscura, para él. Mientras los viste, la madre les contará a donde van; los niños seguirán sin entender nada, pero al menos, ya no reirán. O puede que sí. Pienso en el más mayor, igual él intenta hacer a su madre feliz. Puede que le den un abrazo, o no. Igual aún no. 

Cuando lleguen al tanatorio se encontrarán con el resto de su familia, si es que la hay. He supuesto que los niños no tenían padre; ni padre ni otra madre. En mi mente la mujer que ha estado sentada a mi lado está sola. Pienso en que, aunque esto no sea así y la mujer tenga pareja, seguirá estando sola de igual manera. A nadie más se le ha muerto el padre. Bueno, igual tiene hermanos. Pero a nadie más se le ha muerto el padre y tiene dos niños pequeños que no entienden nada. O tal vez sí. Lo único que sé es que a nadie más se la ha muerto el padre, tiene dos niños pequeños que no entienden nada y se ha sentado a mi lado en un banco. Eso seguro. 

Me pregunto si los niños verán al abuelo muerto. Como tampoco tengo respuesta me canso de pensar en el tema. Por fin me levanto del banco y corro a mi piso: ha empezado a diluviar. Mi día ha seguido siendo triste, pero por fin termina. 

Hoy he vuelto a sentarme en el banco de enfrente. Me quedan solo dos cigarros: uno para mí y otro para ella. Esta vez los traigo preparados. 

Hoy ya no llueve. Tampoco se oyen gritos en el patio. El ambiente está raro. Desde el banco veo como, poco a poco, el patio se llena de gente. Me acerco a la valla, también callada, y observo a los pequeños. Están serios. Guardan un minuto de silencio: las caras de los hijos de la mujer de mi lado están en el patio, congeladas. Solo son fotos. Corro al estanco y compro el periódico. Por fin respuestas. 

La prensa dice que se cayeron accidentalmente por un puente. Por culpa de la lluvia, la mujer de mi lado habría perdido el control de su coche. Se habían despeñado los tres, juntos. La muerte había sido inmediata. Iban vestidos de funeral. 

Yo sé lo que ha pasado de verdad. Como bien predije, la mujer había conducido a los niños hasta casa. Ahí, sola, les dio la noticia. Ellos siguieron sin entender nada: no le dieron un abrazo, no se quedaron callados. Desesperada, la mujer asumió que la única manera de hacerles comprender la muerta era provocando la suya propia. Pensé en que tendría que haberle propuesto que asesinara a un pez frente a sus inocentes hijos. Daba igual que el animal sufriera, daba igual que hubiera sangre. También podría haber dado un cigarro a sus hijos. Yo misma le hubiera dejado de mi tabaco. Poco a poco hubieran notado a la muerte bajar por su garganta. Poco a poco hubieran entendido. 

La mujer que fumó de mi saliva no debía haber pegado ese volantazo. Igual lo hizo prestando atención a mi presagio sobre la alta cifra de defunciones diarias en la ciudad. Tendría que haber esperado a que los niños vieran el cadáver del viejo. Ella era la única a la que se le había muerto el padre, tenía dos niños que no entendían nada y se había sentado a mi lado en un banco. Pero ellos habían perdido a su abuelo y no entendían nada. Tendría que haber esperado. 

Seguramente la mujer que se sentó a mi lado no pensó para nada en mí. Yo necesitaba su historia para existir. Ella echaba demasiado de menos para vivir. Espero que ahora estén juntos por ahí. 

Nayara Garde, Grupo 61





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