viernes, 29 de noviembre de 2024

Las proporciones del narcisismo

 El otro día una amiga me contó que le ponía mirarse al espejo mientras tenía relaciones sexuales con su pareja. Me dijo que le excitaba más eso que la propia imagen del cuerpo de su novia. Hablando un poco más, me comentó que le daba miedo. Le daba miedo no sentirse atraída por su pareja, sino por el reflejo que escapaba del cristal: una figura tersa, de pie, apoyada dramáticamente en la cama y sujetando con pasión la cabeza de la amada, quien lamía su entrepierna mientras posaba sus ojos en el cristal. Ese día no solo follaron, adaptaron sus cuerpos al marco del espejo, a las medidas de su reflejo. 160 centímetros de alto y 80 de ancho, las proporciones del narcisismo. Esta idolatría las catapultó hacia otra pantalla, de proporciones menores en este caso, pero de posibilidades multiplicadas. Ya no necesitaban un espejo, sino un móvil. En este momento, con el video iniciado, todo pareció desvanecerse, y lo que antes era el reflejo vivo de un acto pasional, ahora se había convertido en la profanación absoluta del cuerpo. El teléfono había bifurcado su deseo: con una mano se acariciaban el cuerpo y con la otra lo grababan. El espacio que antes ocupaba Eros ahora era gobernado por Tánatos, que recogía sus cadáveres en una pantalla de 15 centímetros de alto y 6 de ancho. Ambas parecían ser conscientes del cambio, alguien se había interpuesto entre su tacto, y sus ojos ya nunca estaban cerrados. Cuando vieron el video, decidieron borrarlo. Ya nunca más se mirarían en el espejo.

El video había sido borrado, pero el recuerdo de la pasión grabada había desestructurado el contacto entre ellas. Virtualizado el deseo, su cuerpo había quedado relegado al plano metafísico de las nubes, donde todo existe pero es intangible, se desvanece con la lluvia. Y así fue como cuando volvió a llover, ninguna de las dos pudo sentir la presión ajena, solo el vapor que había entre sus cuerpos: la imagen pornográfica de 15x6. Se planteaban ahora los límites entre el reflejo y el píxel. El espejo evocaba un reflejo tenue del movimiento vivo, era el agua de Narciso, que se descubre por primera vez; sin embargo, el video había capturado todo lo que el espejo callaba, el píxel había profanado toda dimensión corporal, y encapsulaba su deseo en un objeto mensurable, donde poder alterar el sonido, el color, el contraste o la nitidez. El reflejo mitificaba su pasión, mientras que el píxel la desarraigaba. Ahora podían alterar sus cuerpos sin tocarse, podían hacer ficción. Podían poner el vídeo a cámara rápida, podían ampliar la imagen, podían ponerlo en blanco y negro, hacerlo vintage, podían ponerle subtítulos, podían guionizarlo, podían alterar el fondo, podían incluso hacerlo público, podían hacer de todo. La enumeración las cautivó, llegando incluso a plantear la posibilidad de grabarse otra vez. Si abrían su mente, quizá no fuera tan malo, podían llegar a beneficiarse de la ficción. Quizá con ello podían disfrutar del sexo a todas horas y en todo momento. Quizá incluso podían ganar dinero y ofrecer sus vídeos. Quizá estuvieran a punto de convertirse en estrellas del porno. “!No, no, no!”, exclamó una de ellas. No eran nada de eso... Quizá podían empezar por compartirlo con una pequeña comunidad, solo los más fans. “Bueno... pues a grabarse”.

domingo, 24 de noviembre de 2024

Un narcisista, un manipulador con apego evitativo y una girlboss hacen trauma dumping en un bar

¿La conclusión de la broma? Los tres resultan ser la misma persona...

Llamar a las cosas por su nombre nunca ha sido fácil. Siempre ha resultado, por este motivo, un juego peligroso. A través de las redes sociales, las personas están expuestas a más nombres para las cosas que nunca, es decir, a más palabras, en términos puramente cuantitativos; a más horas que pasamos pegados a las pantallas, más palabras leemos o escuchamos. Aunque en las redes predominen las formas de contenido visual, triunfan también formatos basados en el lenguaje verbal. Esto es más evidente en Twitter (o X, supongo), la red del microblogging, que en Instagram, YouTube o TikTok, pero en estas últimas encontramos fórmulas como los videoblogs (en sus múltiples facetas, como el storytime y el GRWM), los videoensayos o las infografías que se fundamentan, básicamente, en las palabras. Como en cualquier otro medio, canal o lugar de transmisión, la red posee también una jerga propia, unos patrones concretos que, a través de horas y horas de consumo pasivo, pueden entreverse en su lenguaje.

Entre memes cuyas estructuras sintácticas se replican ad infinitum como frases hechas, encontramos también una tendencia que tal vez sea humana en general, pero que se exacerba en el entorno virtual; la de ponerle nombre a todo. Y dado que los nombres no surgen como moscas de la generación espontánea, sino que lo hacen en el seno de una infraestructura que lleva implícita en su organización una ideología, la popularización a gran escala de determinados usos de las palabras en redes se convierte en un juego particularmente peligroso, en la medida en que el lenguaje introduce sibilinamente los principios de dicha ideología conforme esta se vuelve progresivamente más difusa, no reconocida y objetivizada. Esto es sobre todo aplicable en referencia a lo que se ha venido a denominar therapy speak o psychobabble (o sea, "habla de terapia" o "balbuceo psicológico").

Algunos ejemplos: apego evitativo, narcisismo, trauma dumping, gaslighting, relación tóxica, disociar, vínculo afectivo... Muchos de estos términos existían previamente a su viralización en redes y poseen significados muy concretos (científicos, imagino) en el ámbito académico. En Internet, se han convertido en los significantes de un método para la gestión (casi empresarial) de las relaciones humanas. Dado que estas palabras proceden, en apariencia, del contexto terapéutico, que se presupone un tratamiento con una base científica, se considera que, necesariamente, hacen referencia a realidades objetivas e irrefutables (como si no pudiera argumentarse que la ciencia y la psiquiatría son, también, políticas, e instrumentos para el ejercicio del poder).

Siguiendo la lógica del habla de terapia, conductas, situaciones y formas de relación complejas y con matices son reducidos a la última etiqueta de moda. El amor es un tipo de vínculo afectivo. La comunicación de la perspectiva ajena se convierte en gaslighting. Toda interacción es susceptible de convertirse en una nueva forma de manipulación frente a la cual es sujeto es víctima y ante la que debe priorizarse, siempre, sobre el otro, e imponer límites. La búsqueda de beneficio propio no es egoísmo, sino el curso de acción preferente. En la concepción liberal de las relaciones humanas no existe el dilema del prisionero.

Asimismo, las personas no deberían vincularse con otras si tienen baja autoestima o malestar psíquico de cualquier clase, puesto que pueden causar daño, ser "tóxicas". Las relaciones son fuentes de valor. Las amistades son transaccionales. Los procesos humanos más complejos y dolorosos (las rupturas, el duelo, las despedidas) pueden resolverse siguiendo una serie de sencillos pasos, tan eficientemente como se rellena un tabla de Excel. Puede romperse una amistad como se anula un contrato. Con todas estas herramientas a tu disposición, si sufres, debe ser porque quieres; en esta sesión de terapia virtual, el problema siempre es individual, no sistémico. 

 

Este tipo de lenguaje proporciona algo que todos hemos deseado en algún momento: una receta sobre cómo ser persona. Lo hace acorde, además, con otra tendencia predominante en redes; la auto-infantilización, muy explícita en una de las fórmulas más populares de los últimos tiempos: "I'm just a girl" 🎀 . Cuando nos encontramos confusos, desorientados, necesitados de la intervención de una voz de la razón que nos revele en todo momento qué debemos hacer para conseguir lo que queremos sin hacer daño a nadie, la búsqueda de respuestas se vuelve más a menudo hacia el exterior que hacia nosotros mismos. Si ni dios ni mamá están a mano, siempre puede leerse una infografía de una cuenta de autoayuda Instagram. El otro día leí en Twitter que James Baldwin dijo en su día: 

        "Love has never been a popular movement. And no one's ever wanted, really, to be free."

Alejandra Martínez Rodríguez










viernes, 22 de noviembre de 2024

Campanas de cristal y ningún tú

La cultura digital ha desterritorializado la identidad, nos ha matado a todos. Desde hace un tiempo, las estadísticas afirman que el número de enfermedades mentales y trastornos psicológicos ha aumentado como nunca antes lo había hecho. Nadie parece querer afrontar el problema y, lejos de plantear soluciones, se dice que los jóvenes somos una generación de cristal, una generación frágil y delicada. Sin embargo, el origen de la tristeza que ha absorbido a gran parte de la población no responde a causas esencialistas y, lejos de constituir un problema generacional o incluso biológico, se trata del mayor desarraigo humano de todos los tiempos. El origen de la tristeza se halla en la pérdida de la colectividad, en el arrebato de un otro y en la falsa creencia de que “tú puedes” si eres dueño y empresario de ti mismo. La tristeza no es una afección individual, es un trauma social que nos envuelve a todos bajo la misma campana de cristal. Mientras el sistema neoliberal actual sigue instándonos a tomar las riendas de nuestra vida, las conexiones con el otro se desvanecen y, poco a poco, vamos sintiendo la decadencia de nuestro espíritu y la muerte del “tu”.

Según Kako (2024), vivimos en tiempos de solipsismo existencial, entre infinitos yoes y ningún tú. Quizá, simplemente, hemos dejado de ser unos niños y por eso, nuestro paisaje parece más desolado; sin embargo, no solo hemos perdido la niñez sino que además nos han arrebatado la posibilidad de recuperar su mirada. El sueño de Baudelaire queda lejos ya, pues ese niño ya nunca vuelve, ni siquiera existió durante mucho tiempo. Si hay algo que acrecienta esta pérdida, sin duda es la cultura digital, que establece unos marcos delimitados a través de los cuales fabricamos el mundo. Estos marcos, pese a querer ofrecer una imagen benevolente y diversa de la realidad social, constriñen la mirada del niño y lo reducen al píxel. Es en el lugar de los poetas, en esa tierra prometida, donde la mirada del niño podría volver a renacer, allá donde lo consciente y lo inconsciente se funde, donde lo general y lo particular se roza (Luis, 2017). No obstante, este lugar ha perdido su tierra y su esencia, pues la tecnología lo ha profanado y vendido a Google. Entre tanto pesimismo, las alternativas a una vida mediada y controlada por lo digital parecen cada vez menos; sin embargo, aún existen guardianes entre el centeno que nos advierten de los peligros de caer por el precipicio y convertirse en un paseante nocturno entre edificios altos.  La solución pasa por abandonar lo digital , por reconstruir los afectos y retornar a los campos de centeno.
Bibliografía:

- Kako (2024). El solipsismo existencial entre tantos yoes y ningún tu. Revista Eolo.

- Luis, A. Z. (2017). El lugar de los poetas: Un ensayo sobre estética y política. Ediciones AKAL.

lunes, 18 de noviembre de 2024

💔🕊️😞

 


En su intento por comprender la fotografía, Barthes se acerca también a ella en calidad de spectator (sinónimo de espectador). Introduce en su estudio, dos términos que ayudan a comprender la experiencia del espectador, de la “persona que ve fotos”: studium y pactum. El studium es el interés que el espectador posee en la imagen o fotografía, a la que busca porque quiere satisfacer un deseo (de cualquier tipo). El pactum sin embargo, es aquello que el espectador no busca pero, aún así, sale de la escena y parece “pincharle”. El pactum se clava como una flecha. No todas las fotos poseen pactum y, en la actualidad, no puede decirse tampoco que todas las fotos tengan un stadium. Quizás resulta más lícito decir que el stadium estaba presente siempre antes de la existencia del scrolling… 



A lo largo de la historia han sido muchos y muy variados los rituales que nos han acompañado a nosotros, los humanos, ante la pérdida de un familiar o ser querido. Danzas pintorescas, estatuillas curiosas o tristes homilías pueden vincularse desde tiempos remotos con la muerte. Además de su trasfondo escatológico, todas estas prácticas guardan una estrecha relación con el arte: permiten liberar de manera original los pensamientos (tristes o felices pero, siempre caóticos) que rondan la mente ante la presencia cercana de la muerte. 

Hoy en día, esto parece haber cambiado. Si bien es cierto que aún se celebran funerales, se escriben canciones de dolor y se venera a los muertos con flores (aunque estas se han vuelto cada vez más artificiales); actualizar la foto de perfil de Whatsapp, compartir un post de Instagram o subir un Tik Tok demostrando que se está mal, se han convertido en los rituales más populares. A veces, estas publicaciones ni siquiera contienen texto o imágen. Un emoji de un corazón roto o una paloma sobre un fondo oscuro basta para comprender que el fallecer ha llegado. No obstante, por lo general, quienes afrontan el duelo tienden a compartir fotos con el muerto. En los mejores casos, estas imágenes muestran al fallecido feliz, aún con vida. En los peores, una mano amarilla gobierna la fotografía. Ahí no hay vida. 

Puede que resulte redundante pero, cuando una persona muere deja de existir (físicamente). Sus representaciones, ya sean fotografiadas, dibujadas o soñadas, no pueden ofrecer a los vivos una encarnación fidedigna de lo que fue y ahora es Historia. O por lo menos, no pueden hacerlo sin ser doloroso. Cuando alguien fallece, desaparece con él su esencia y lo que queda en esas instantáneas sólo son falsificaciones de la misma. Lo que permanece es un “casi algo” que empuja al espectador a una búsqueda agónica de lo ya muerto. De este modo, el stadium que mueve a las personas a la visualización de imágenes de muertos es la búsqueda del reencuentro. El pactum que sale de la escena, resulta ser la incapacidad del reencuentro. 

  • «Decir ante tal foto "¡es casi ella! me resultaba más desagradable que decir ante tal otra: "no es ella en absoluto". El casi: régimen atroz del amor, pero también estatuto decepcionante del sueño -es la razón por la que odio los sueños-. Pues acostumbro a soñar con ella (sólo sueño con ella), pero nunca es completamente ella: (...) que es ella, pero no veo sus rasgos nunca (pero, ¿es que acaso vemos en sueños o, acaso sabemos? Sueño con ella pero no la sueño. Y ante la foto, como en el suelo, se produce el mismo esfuerzo, la misma labor de Sísifo» (p. 107, Barthes). 

Como consecuencia de los nuevos rituales funerarios imperantes ya mencionados, en la actualidad, la persona que se enfrenta al duelo se ve obligada (impulsada en gran medida por sus propias acciones), a enfrentarse de manera recurrente con ese pactum que le recuerda lo que no va a ser. Es más, si se tiene en cuenta la percepción que Barthes ofrece de la fotografía al enfrentarse a ella en calidad de spectrum, las fotos compartidas (con los muertos) se convierten en una reafirmación tenebrosa de la muerte (de la propia y de la ya acontecida). Además, normalmente, las fotos compartidas son acompañadas por comentarios y aportaciones de otros seres (aún) vivos que, tristemente muestran sus condolencias y apoya. Reaparecen los emojis: carita triste, corazón roto y paloma sobre fondo negro. “Te acompaño en el sentimiento”, ¿de verdad? “Lo siento”, ¿por qué? 

Así, en un intento por liberar de manera original los pensamientos (tristes o felices pero, siempre caóticos) que rondan la mente ante la presencia cercana de la muerte, aquellos que postean imágenes con sus muertos solo se tiran piedras sobre su propio tejado. 

Pero, aún hay esperanza. En La cámara lúcida, Barthes narra el modo en el que consigue encontrar a su madre muerta en una fotografía antigua. Para ello, se enfrenta a un arduo proceso de observación pero, finalmente la ve, sucede ese reencuentro. Sin embargo, la actitud que toma el autor ante esta situación es la contraria de lo que cabría esperar en la actualidad. Barthes se guarda la foto para él.

  • «Esta Foto solo existe para mi solo. Para vosotros sólo sería una foto indistinta, una de las mil manifestaciones de lo “cualquiera”; no puedo constituir en modo alguno el objeto visible de una ciencia; no puede fundamentar objetividad alguna, en el sentido positivo del término: a lo sumo podría interesar a vuestro studium: época, vestidos, fotogenia; (no abriría en vosotros herida alguna)» (p. 117, Barthes). 

Por desgracia, ahora, lo que no se comparte en redes parece no existir. Ni siquiera el dolor, ni siquiera un adiós. 


Nayara Garde, Grupo 61










jueves, 14 de noviembre de 2024

HARTO DE VIVIR EN UN MUNDO DE DOCTORES LIENDRES, QUE DE TODO HABLAN Y DE NADA ENTIENDEN

 

HARTO DE VIVIR EN UN MUNDO DE DOCTORES LIENDRES, QUE DE TODO HABLAN Y DE NADA ENTIENDEN

Marcos Moreno González

¿Soy el único que está harto de escuchar, leer o ver opiniones de tanta gente sobre todo? ¿Soy el único que está harto de ver que si das una patada a una piedra te van a aparecer 100 autodenominados expertos o que, a pesar de que no se pongan esa impronta, se comporten como tal? ¿Soy el único que está harto de ver cómo dices, escribes, publicas o cómo sea el soporte en el que te expreses corras el riesgo o te vengan gente a dar su opinión? ¿Soy el único que está harto de, aun teniendo una opinión formada acerca de un tema, corras el riesgo de que te venga gente que no tiene ni idea a desmentirte o a buscar que te desdigas? ¿Soy el único que está harto de esa gente que tiene opinión y saberes para absolutamente todo? ¿Soy el único que está harto de que en el momento que ocurre algo ya sea una catástrofe o un hecho insignificante ya todo el mundo sepa absolutamente todo de todas las aristas que comprenden a dicho caso? ¿Soy el único que está harto de los doctores liendres, que de todo hablan y de nada entienden? En fin… ojalá haber crecido en otro momento en el que la gente era prudente al expresarse y se limitaba a sentar cátedra de aquello que dominaba.

Este sentimiento de frustración, agobio, saturación… viene de mi indudable sobreexposición a redes sociales, las cuales nos han hecho creer, a mí también —no voy a ser yo quien peque de arrogancia—, que esa accesibilidad a tanta información que circula por el medio digital y de la cual todo el mundo habla, nos obliga de forma implícita a tener que desarrollar nuestra opinión, idea o sentencia acerca del tema en cuestión. En conclusión, todos en Twitter saben de política, medicina, ingeniería hidráulica, gestión de crisis, de periodismo, de frutas y verduras, de cómo cuidar el campo, de meteorología, de brujería, futurología, de teorías conspiranoicas… pero nadie sabe callarse la boca.

Las redes sociales nos han hecho narcisistas, ególatras y protagonistas de absolutamente todo, y nos han hecho creer que todo lo que digamos importa, que necesitamos hacer ver al mundo que nuestra opinión importa y que no podemos vivir sin que la publiquemos. Esto no ha hecho más que intensificar aquel famoso síndrome que no es nada nuevo en nuestra sociedad, el efecto o síndrome de los doctores liendres. Este síndrome implica un exceso generalizado de confianza en el individuo, aunque no siempre, que le lleva a que, con unos niveles bajos de dominio del campo, tenga la imperiosa necesidad y decisión de expresar una opinión. Esta opinión, en la mayoría de los casos, conlleva unos bajos déficits de conocimiento y las personas que sufren este síndrome no son capaces de reconocerlo y, en su defecto, piensan que lo están haciendo bien. En realidad, esto no se trata de un síndrome, sino de un efecto llamado efecto Dunning-Kruger, acuñado por David Dunning y Justin Kruger en 1999 (año en que se publicaron los resultados de su análisis) y que se define como la tendencia de las personas con baja habilidad en un área específica a dar evaluaciones demasiado positivas de esta habilidad. Es un sesgo cognitivo, es decir, una forma de pensar y juzgar erróneamente.


Este efecto tiene dos maldiciones. En primer lugar, las lagunas y las corrupciones que sufren en su experiencia los llevan a cometer muchos errores y equivocaciones. Y, en segundo lugar, estas mismas lagunas y corrupciones los dejan incapaces de reconocer que están cometiendo errores y de apreciar que las respuestas de sus pares son más apropiadas y sabias que las suyas. En la actualidad, habría que analizar si este efecto se agudiza por el alto intrusismo de muchas profesiones que llevan a pensar, por ejemplo, que por tener nociones básicas de historia que hace años que no se actualizan puedes opinar de, por ejemplo, la reconquista, el franquismo o el proceso colonial sin tener en cuenta todo lo que implica.

Según dicen los que estudian todo esto, el imprudente tiene tanta confianza porque cree que, con la poca y pobre información, datos y veracidad que tiene sobre el tema, puede construir una opinión casi irrefutable. Sin embargo, una vez que te empiezas a ilustrar sobre una materia, te vas dando cuenta de la cantidad de información, de la cantidad de sesgos, de versiones… que hay, que se te hace imposible tener la total confianza como para sentar cátedra. Es decir, en un debate sobre historia, si eres el doctor liendre, por lo general vas a creer que lo que dices tú es la verdad a pesar de no tener un profundo bagaje sobre este, lo que te va a llevar a construir una opinión que vas a expresar seguramente con una gran vehemencia. Sin embargo, la persona que sí que es experta en historia sabe que es un campo tan amplio, con tantas especialidades, subapartados y formas de estudiar que, aun por muy experto que sea, no va a tener la soberbia de creer que todo lo que sabe él es la verdad y todo lo que diga es correcto. En verdad, siendo honestos, hay gente experta en historia, y en cualquier tema, que va a pecar de esa arrogancia propia de los doctores liendres, pero eso ya se sale del síndrome del que hablamos.



En una realidad digital que, por su propia naturaleza, te obliga a pecar de narcisismo, no a ser menos en el momento en el que tengas que dar tu opinión. Sin embargo, estos doctores liendres tienen una vertiente mucho más perversa y es que, en el contexto actual en el que vivimos en la era de la posverdad, estos personajes ya no son doctores liendres por inocencia, sino que de forma consciente tienen que dar su opinión por muy errónea que sea. En el escenario actual en el que se han encargado de que desconfíes de las instituciones, medios, información oficial… y, por tanto, impera un escepticismo en torno a toda la información oficial unido a que hay tanta información que contrastar y tantas formas de justificar tu erróneo contraste, te lleva a sumergirte en una ciénaga de incertidumbre donde discernir qué es verdad es tarea imposible. El hecho incorruptible e irrefutable ahora ha tomado una degradación donde todo tiene aristas y perspectivas, por tanto, ahora más que nunca, no se está seguro de nada. Pero todo esto es tema para otro blog motivado por otro desquicie.

En conclusión, el síndrome de los doctores liendres nace del egocentrismo humano agudizado por las redes sociales cuya naturaleza te hace ser así. Estos no se dan cuenta de que están errando y hacerles verlo va a ser aún más contraproducente, puesto que atacas directamente a su ego y no al bagaje de información y sabiduría que podrían llegar a tener sobre el tema. Sin embargo, estas figuras se tornan perversas cuando ya no solo esparcen información errónea o inexacta inocentemente, sino que la utilizan como modus vivendi y operandi de todas sus intervenciones, por lo que, en la era de la posverdad, son el germen perfecto para causar el caos e incendiar absolutamente todo.


País, E. E. (2017, November 30). El efecto Dunning-Kruger o por qué la gente habla sin tener ni idea. Verne. https://verne.elpais.com/verne/2017/11/29/articulo/1511971499_225840.html

Sánchez, P. (2021, January 9). Efecto Dunning-Kruger: por qué se opina sin tener ni idea. Mundo Entrenamiento. https://mundoentrenamiento.com/efecto-dunning-kruger/

 

ESCRIBÍ BIEN PERO SE ME ENTENDIÓ MAL

  Marcos Moreno


Voy a hacer varios blogs sobre temas que se me vienen a la mente pero que no es tan fácil extenderse o que en clase no tiene mucho sentido comentarlos por su carácter más "tonto" quizás ya que es analizar cosas muy pequeñas y no siento que esté a la altura de una entrada que te tienes que documentar, leer... pero me apetecía comentar. A colación de lo hablado en clase sobre como se da las relaciones en internet y como ciertos gestos o actuaciones significan algo u otro quería tratar en torno al blog del manifiesto a favor del ghosting de Alejandra, quería profundizar en uno de esos comportamientos que es curioso. 

Me he parado a pensar que un mensaje correctamente escrito respetando todas las normas ortográficas, de puntuación... no tiene el mismo efecto que si ese mensaje se escribe sin mayúsculas, sin respetar el buen uso de las comas, con emoticonos, con reducciones de las palabras... Por ejemplo, si tu pareja te escribe mensajes cariñoso no tiene el mismo efecto a pesar de que el mensaje es el mismo.

“holaa bb 😘 t extraño un monton y no puedo esperar pa verte otra vez 💕 eres lo mejor q me ha pasado 😍 tqm 😘”

“Hola, cariño. Te extraño mucho y no puedo esperar para verte otra vez. Eres lo mejor que me ha pasado. Te quiero mucho.”


Aunque parezca una tontería, hay mucha gente que preferiría el primer mensaje porque se asocia la perfecta escritura y redacción con un mensaje menos cariñoso (no solo por el uso de emoticonos que enfatiza las emociones o le da más contexto) más aséptico o más borde. 

hey t queria invitar a una fiesta este sabado va a estar super bien 🎉💃 nos vemos ahi? avisame si vienes😜

Hola. Te escribo para invitarte a una fiesta este sábado. Será una excelente ocasión. ¿Nos vemos allí? Por favor, confirma tu asistencia.


El mensaje peca de falta de emoción o de ser cortante y borde y creo que puede ser porque como se asocia una perfecta escritura al ámbito académico o más formal pierde emoción y se ve como un simple texto mientras que al darle personalidad a través de las variaciones del lenguaje se hace más tuyo y lo personalizas. Por eso, mucha gente no le gusta que por mensaje, ámbito más personal, se use puntos a acabar la oración o que empiece por mayúscula, que la desactivan para ello. Mi duda es, ¿Soy yo el único que ha visto esto o creéis que está extendido está visión? ¿Sois de los que pecáis o habéis pecado de alguna de las cosas mencionadas anteriormente?

martes, 12 de noviembre de 2024

No sé cuánto vale mi cuerpo

La cultura digital ha transformado las formas de interacción, comunicación, e incluso la manera en que nos entendemos a nosotros mismos. En este nuevo escenario, uno de los fenómenos más significativos es la mercantilización de los cuerpos y las identidades. Lo que antes eran aspectos de la vida privada o personal, como la imagen, las emociones y hasta los pensamientos, se han convertido en mercancías que son vendidas, intercambiadas y consumidas en plataformas digitales. Las redes sociales, como Instagram, TikTok y YouTube, no solo permiten la autopromoción, sino que incentivan una "capitalización" de la identidad personal, donde la visibilidad, la estética y la interacción son factores clave para obtener recompensas económicas y sociales. En este contexto, las personas se convierten en productos, y sus cuerpos, emociones y datos personales son tratados como activos destinados a ser consumidos por otros.

En la cultura digital contemporánea, el cuerpo humano se ha convertido en un bien que debe ser proyectado, exhibido y consumido. Plataformas como Instagram y TikTok premian la visibilidad a través de la popularidad, medida en "likes", seguidores y vistas, y la imagen personal se convierte en el capital más importante para quienes buscan destacar. Este fenómeno implica una transformación radical en la forma en que entendemos la identidad. El cuerpo, ya no solo visto como una entidad física, es ahora también un producto que se adapta a las demandas del mercado digital. Las personas deben ajustar su apariencia y estilo de vida para cumplir con los ideales visuales que las plataformas promueven, lo que a menudo lleva a una representación.

A la mercantilización de los cuerpos se suma la explotación de las emociones y los datos personales. Cada interacción en plataformas digitales genera información valiosa que las empresas tecnológicas recogen para construir perfiles detallados de los usuarios. Estos perfiles no solo se utilizan para ofrecer publicidad personalizada, sino también para influir en las decisiones y comportamientos de los usuarios. Lo que antes se consideraba privado o íntimo, como nuestras emociones, deseos o temores, ahora se convierte en un activo económico que puede ser intercambiado o manipulado.Uno de los efectos más profundos de la mercantilización de los cuerpos y las emociones es su impacto en la construcción de la identidad. En la cultura digital, la identidad ya no es algo fijo, sino una construcción dinámica que debe ser continuamente negociada y adaptada a los requerimientos del mercado. Para ser visto y validado, el individuo se ve obligado a ajustar sus comportamientos, su imagen y, a menudo, sus creencias a lo que los algoritmos sugieren que será popular o atractivo. Esto lleva a una fragmentación de la identidad, donde lo que se muestra en línea dista mucho

La identidad digital se convierte así en un producto comercial, una "marca personal" que debe ser constantemente gestionada. En las redes sociales, las personas se ven presionadas a crear versiones "ideales" de sí mismas, ajustándose a las normas estéticas y emocionales dictadas por el entorno digital. La autenticidad, entonces, cede ante la necesidad de visibilidad y éxito. Como indica Turkle (2011), esta búsqueda constante de validación no solo genera una distorsión de la identidad, sino que también crea un vacío emocional, ya que las interacciones digitales no permiten una verdader. La mercantilización de los cuerpos y las emociones en la cultura digital no solo responde a un fenómeno económico, sino a un cambio profundo en la manera en que nos entendemos como seres humanos. Las plataformas digitales, al fomentar la constante visibilidad y la búsqueda de aprobación externa, convierten a las personas en productos cuyo valor depende de su capacidad para ser consumidos. Este proceso de mercantilización tiene implicaciones significativas sobre la identidad, la privacidad y la autonomía. En lugar de ser sujetos plenos, los individuos se ven obligados a ajustarse a las exigencias de un sistema que promueve la fragmentación de la identidad y la explotación de las emociones. En última instancia, el cuerpo y los datos personales dejan de ser propiedad del individuo, y pasan a ser parte de una economía digital que los consume.

domingo, 10 de noviembre de 2024

Breve manifiesto en defensa del ghosting

El título es clickbait. Bueno, más o menos. Antes de "defender" algo, deberíamos definir a qué nos referimos exactamente. En esta entrada, el ghosting objeto de análisis no es el que sucede, por ejemplo, en las apps de citas o, en general, todo aquel que se emplea conscientemente como un método para concluir una relación sin complicarse mucho la vida. Me interesa más bien un tipo de ghosting no premeditado, cotidiano, al que uno somete a todos sus amigos y familiares cuando decide no mirar su teléfono móvil.

Desconozco si a este fenómeno se lo puede llamar ghosting; la mayor parte de las definiciones del término que he leído tienden a referirse más bien a la primera clase de ghosting que he descrito aquí. Para no dar lugar a equívocos, y tras haber cumplido el clickbait su función, doy un título más acorde al contenido de esta entrada: "Brevísimo manifiesto en defensa de que estar pendiente del móvil (más concretamente, de las redes sociales) no debería ser un requisito para mantener relaciones personales" (un título bastante menos atractivo, aunque más claro). Dicho de otro modo; esta es una entrada en defensa de la ausencia.

Es evidente que a nadie le gusta que lo ignoren. Naturalmente, si hablando a alguien a la cara, mi interlocutor se levantara y me dejara con la palabra en la boca sin dar ninguna explicación, no me sentaría bien. Esta analogía se usa a menudo para tratar de expresar por qué el ghosting resulta molesto. También es obvio que, si una persona no hace un esfuerzo por contactar a otra, denota, como poco, una falta de interés en la relación. Si se presupone que los involucrados comparten una amistad o afecto, ¿cómo no iba a sentirse dolida una parte desatendida por la otra? 

Cuando se establecen esta clase de analogías entre el contacto presencial y el virtual en las relaciones, necesariamente ambos se consideran equivalentes; la conversación mantenida por WhatsApp es tan importante para el sano cuidado del vínculo personal como la puntual cita para la caña o el café. Si no me hablas por mensaje de texto, entenderé, por tanto, que tampoco quieres ir al cine o a tomarte algo conmigo, y que no me invitarás tu cumpleaños.

La conexión ha colonizado cada minuto de cada día, cada espacio, cada resquicio abierto para el pensamiento. Dado que el acceso al otro siempre es posible (al contrario que en los tiempos de los cromañones y los teléfonos fijos), la ausencia deja de ser una circunstancia impuesta por las limitaciones materiales para convertirse en una elección; es un delito se comete con alevosía, con saña. Consiguientemente, la presencia se transforma en una exigencia, un requerimiento básico de la relación; cada minuto que no hables conmigo no es un minuto en que no puedas hablar conmigo, sino en que no quieres hacerlo. ¿Y por qué no querrías, eh? ¿Tienes algo mejor que hacer que estar conmigo? Claro que, ¿es correcto establecer analogías entre el contacto real y el virtual? Es decir; ¿equivale la presencia digital verdaderamente a estar con alguien? Difícilmente.

Ya en el mensaje de bienvenida a Facebook, este prometía "conectar personas" (signifique lo que signifique eso).

Por otra parte, la mensajería no es la única forma de comunicación propia de las redes sociales que ha creado nuevos requerimientos para las relaciones. ¿Te parezco divertida si no me das like en Twitter? ¿Somos amigos si no me metes en "mejos"? ¿Y si no publicas fotos conmigo? ¿Puede existir ahora una relación si no se fotografía y no se muestra en la nube, del mismo modo en que diríamos tajantemente que no existe si no se adecúa a nuestros criterios no virtuales (saludarse por la calle, preguntar por la familia)? ¿Cuál es el nuevo estándar de exposición mínimo que se exige a una persona o a una relación para admitir su existencia? Quizás el planteamiento de estas preguntas en sí mismo nos debería llamar a todos a la práctica de una actividad milenaria, que ya recomendaban los médicos victorianos a sus pacientes melancólicos: tocar césped (o sea, ausentarse un rato de todas partes).

Alejandra Martínez Rodríguez




lunes, 4 de noviembre de 2024

Fotografía, redes sociales y realidades como "spectrum"

En La cámara lúcida Roland Barthes realiza un análisis de la fotografía. En primera instancia, el autor se vale de la semiótica y demás herramientas técnicas y académicas dominadas por él, para hallar un motivo que justifique la fascinación generalizada por la imagen. Stadium, pactum, spectrum u Operator; son algunos de los términos que Barthes acuñó con la esperanza de conseguir entender por qué sus contemporáneos (años 80) alababan tanto este arte capaz de “capturar las cosas” que, para él, no era más que un quebradero de cabeza. 

Barthes odiaba ser fotografiado, así lo expone en las primera páginas de este libro ensayo. El autor se esfuerza por entender por qué su incomodidad se acrecienta tanto al posar frente a una cámara y, no tarda en establecer una correlación entre la fotografía y la muerte. Resulta irritante asumir que verdaderamente existe un vínculo directo entre la fotografía y la muerte. Si inducimos a nuestro intelecto a un trabajo de introspección, no tardemos en darnos cuenta de que, efectivamente, muchas de las fotografías que tenemos en nuestra posesión se encargan de apresar momentos fugaces o efímeros, cosas que ya no están, que han terminado, que han muerto. No obstante, este no es el sentido de la relación primera que establece Barthes entre estas dos realidades (aunque la tratará en las hojas cercanas al final del libro). 

Barthes realiza un primer acercamiento a la fotografía en calidad de spectrum. Para él, el spectrum es el objeto fotografiado, “el blanco”; aunque, para su definición, el autor también emplea otras analogías como “pequeño simulacro” o “referente” (en relación con la semiótica). Del mismo modo, la etimología de spectrum resulta reveladora y esclarece las dudas que puedan incurrir con respecto a su significado más preciso:
  • «Esta palabra mantiene a través de su raíz una relación con “espectáculo” y le añade ese algo terrible que hay detrás de cada fotografía: el retorno de lo muerto.» (p. 35-36, Barthes)
Barthes odiaba ser fotografiado y, por tanto, odiaba convertirse en spectrum. La relación entre la fotografía y la muerte se fundamenta, según el autor, en el hecho de que todo sujeto fotografiado pierde su calidad de sujeto y pasa a convertirse en un objeto. Antes de la democratización de la fotografía, eran pocas las personas que podían alcanzar esta experiencia en actividades desligadas de la muerte; no todo el mundo tenía acceso a los retratos o miniaturas. Al observar nuestras fotografías no nos percibimos a nosotros mismos sino, tal y como se recoge en la siguiente enumerado, observamos a: 
  1. Aquel que creo o quiero ser. 
  2. Aquel que quiero que el resto crea que soy. 
  3. Aquel que el fotógrafo cree que soy. 
  4. Aquel del que el fotógrafo se sirve para realizar arte o, lo que es lo mismo, para expresar algo (objeto). 
Barthes escribió esto en un momento en el que las fotografías no jugaban un papel tan elemental en el día a día de las personas y, ya entonces hizo declaraciones tan reveladoras como la siguiente: 
  • «Es curioso que no se haya pensado en el trastorno (de civilización) que este acto nuevo anuncia. Yo quisiera una Historia de las Miradas. Pues la Fotografía es el advertimiento de uno mismo como otro: una disociación ladina de la conciencia de identidad.» (p. 40, Barthes). 
En la actualidad, las redes sociales (en las que la fotografía juega un papel fundamental), son el nuevo “parque” o espacio en el que sus usuarios forjan sus identidades; identidades que pueden ser vistas como el desdoblamiento con uno mismo en realidad. Estando en contacto frecuente con micro-simulacros de muerte, ¿cómo no se nos va a ir la cabeza?



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