lunes, 4 de noviembre de 2024

Fotografía, redes sociales y realidades como "spectrum"

En La cámara lúcida Roland Barthes realiza un análisis de la fotografía. En primera instancia, el autor se vale de la semiótica y demás herramientas técnicas y académicas dominadas por él, para hallar un motivo que justifique la fascinación generalizada por la imagen. Stadium, pactum, spectrum u Operator; son algunos de los términos que Barthes acuñó con la esperanza de conseguir entender por qué sus contemporáneos (años 80) alababan tanto este arte capaz de “capturar las cosas” que, para él, no era más que un quebradero de cabeza. 

Barthes odiaba ser fotografiado, así lo expone en las primera páginas de este libro ensayo. El autor se esfuerza por entender por qué su incomodidad se acrecienta tanto al posar frente a una cámara y, no tarda en establecer una correlación entre la fotografía y la muerte. Resulta irritante asumir que verdaderamente existe un vínculo directo entre la fotografía y la muerte. Si inducimos a nuestro intelecto a un trabajo de introspección, no tardemos en darnos cuenta de que, efectivamente, muchas de las fotografías que tenemos en nuestra posesión se encargan de apresar momentos fugaces o efímeros, cosas que ya no están, que han terminado, que han muerto. No obstante, este no es el sentido de la relación primera que establece Barthes entre estas dos realidades (aunque la tratará en las hojas cercanas al final del libro). 

Barthes realiza un primer acercamiento a la fotografía en calidad de spectrum. Para él, el spectrum es el objeto fotografiado, “el blanco”; aunque, para su definición, el autor también emplea otras analogías como “pequeño simulacro” o “referente” (en relación con la semiótica). Del mismo modo, la etimología de spectrum resulta reveladora y esclarece las dudas que puedan incurrir con respecto a su significado más preciso:
  • «Esta palabra mantiene a través de su raíz una relación con “espectáculo” y le añade ese algo terrible que hay detrás de cada fotografía: el retorno de lo muerto.» (p. 35-36, Barthes)
Barthes odiaba ser fotografiado y, por tanto, odiaba convertirse en spectrum. La relación entre la fotografía y la muerte se fundamenta, según el autor, en el hecho de que todo sujeto fotografiado pierde su calidad de sujeto y pasa a convertirse en un objeto. Antes de la democratización de la fotografía, eran pocas las personas que podían alcanzar esta experiencia en actividades desligadas de la muerte; no todo el mundo tenía acceso a los retratos o miniaturas. Al observar nuestras fotografías no nos percibimos a nosotros mismos sino, tal y como se recoge en la siguiente enumerado, observamos a: 
  1. Aquel que creo o quiero ser. 
  2. Aquel que quiero que el resto crea que soy. 
  3. Aquel que el fotógrafo cree que soy. 
  4. Aquel del que el fotógrafo se sirve para realizar arte o, lo que es lo mismo, para expresar algo (objeto). 
Barthes escribió esto en un momento en el que las fotografías no jugaban un papel tan elemental en el día a día de las personas y, ya entonces hizo declaraciones tan reveladoras como la siguiente: 
  • «Es curioso que no se haya pensado en el trastorno (de civilización) que este acto nuevo anuncia. Yo quisiera una Historia de las Miradas. Pues la Fotografía es el advertimiento de uno mismo como otro: una disociación ladina de la conciencia de identidad.» (p. 40, Barthes). 
En la actualidad, las redes sociales (en las que la fotografía juega un papel fundamental), son el nuevo “parque” o espacio en el que sus usuarios forjan sus identidades; identidades que pueden ser vistas como el desdoblamiento con uno mismo en realidad. Estando en contacto frecuente con micro-simulacros de muerte, ¿cómo no se nos va a ir la cabeza?



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