El título es clickbait. Bueno, más o menos. Antes de "defender" algo, deberíamos definir a qué nos referimos exactamente. En esta entrada, el ghosting objeto de análisis no es el que sucede, por ejemplo, en las apps de citas o, en general, todo aquel que se emplea conscientemente como un método para concluir una relación sin complicarse mucho la vida. Me interesa más bien un tipo de ghosting no premeditado, cotidiano, al que uno somete a todos sus amigos y familiares cuando decide no mirar su teléfono móvil.
Desconozco si a este fenómeno se
lo puede llamar ghosting; la mayor parte de las definiciones del
término que he leído tienden a referirse más bien a la primera clase de ghosting que
he descrito aquí. Para no dar lugar a equívocos, y tras haber cumplido el clickbait su
función, doy un título más acorde al contenido de esta entrada: "Brevísimo
manifiesto en defensa de que estar pendiente del móvil (más concretamente, de
las redes sociales) no debería ser un requisito para mantener relaciones
personales" (un título bastante menos atractivo, aunque más claro). Dicho
de otro modo; esta es una entrada en defensa de la ausencia.
Es evidente que a nadie le gusta
que lo ignoren. Naturalmente, si hablando a alguien a la cara, mi interlocutor
se levantara y me dejara con la palabra en la boca sin dar ninguna explicación,
no me sentaría bien. Esta analogía se usa a menudo para tratar de expresar por
qué el ghosting resulta molesto. También es obvio que, si una
persona no hace un esfuerzo por contactar a otra, denota, como poco, una falta
de interés en la relación. Si se presupone que los involucrados comparten una
amistad o afecto, ¿cómo no iba a sentirse dolida una parte desatendida por la
otra?
Cuando se establecen esta clase
de analogías entre el contacto presencial y el virtual en las relaciones, necesariamente
ambos se consideran equivalentes; la conversación mantenida por WhatsApp es tan
importante para el sano cuidado del vínculo personal como la puntual cita para la
caña o el café. Si no me hablas por mensaje de texto, entenderé, por tanto, que
tampoco quieres ir al cine o a tomarte algo conmigo, y que no me invitarás tu
cumpleaños.
La conexión ha colonizado cada minuto de cada día, cada espacio, cada resquicio abierto para el pensamiento. Dado que el acceso al otro siempre es posible (al contrario que en los tiempos de los cromañones y los teléfonos fijos), la ausencia deja de ser una circunstancia impuesta por las limitaciones materiales para convertirse en una elección; es un delito se comete con alevosía, con saña. Consiguientemente, la presencia se transforma en una exigencia, un requerimiento básico de la relación; cada minuto que no hables conmigo no es un minuto en que no puedas hablar conmigo, sino en que no quieres hacerlo. ¿Y por qué no querrías, eh? ¿Tienes algo mejor que hacer que estar conmigo? Claro que, ¿es correcto establecer analogías entre el contacto real y el virtual? Es decir; ¿equivale la presencia digital verdaderamente a estar con alguien? Difícilmente.
Alejandra Martínez Rodríguez
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