domingo, 10 de noviembre de 2024

Breve manifiesto en defensa del ghosting

El título es clickbait. Bueno, más o menos. Antes de "defender" algo, deberíamos definir a qué nos referimos exactamente. En esta entrada, el ghosting objeto de análisis no es el que sucede, por ejemplo, en las apps de citas o, en general, todo aquel que se emplea conscientemente como un método para concluir una relación sin complicarse mucho la vida. Me interesa más bien un tipo de ghosting no premeditado, cotidiano, al que uno somete a todos sus amigos y familiares cuando decide no mirar su teléfono móvil.

Desconozco si a este fenómeno se lo puede llamar ghosting; la mayor parte de las definiciones del término que he leído tienden a referirse más bien a la primera clase de ghosting que he descrito aquí. Para no dar lugar a equívocos, y tras haber cumplido el clickbait su función, doy un título más acorde al contenido de esta entrada: "Brevísimo manifiesto en defensa de que estar pendiente del móvil (más concretamente, de las redes sociales) no debería ser un requisito para mantener relaciones personales" (un título bastante menos atractivo, aunque más claro). Dicho de otro modo; esta es una entrada en defensa de la ausencia.

Es evidente que a nadie le gusta que lo ignoren. Naturalmente, si hablando a alguien a la cara, mi interlocutor se levantara y me dejara con la palabra en la boca sin dar ninguna explicación, no me sentaría bien. Esta analogía se usa a menudo para tratar de expresar por qué el ghosting resulta molesto. También es obvio que, si una persona no hace un esfuerzo por contactar a otra, denota, como poco, una falta de interés en la relación. Si se presupone que los involucrados comparten una amistad o afecto, ¿cómo no iba a sentirse dolida una parte desatendida por la otra? 

Cuando se establecen esta clase de analogías entre el contacto presencial y el virtual en las relaciones, necesariamente ambos se consideran equivalentes; la conversación mantenida por WhatsApp es tan importante para el sano cuidado del vínculo personal como la puntual cita para la caña o el café. Si no me hablas por mensaje de texto, entenderé, por tanto, que tampoco quieres ir al cine o a tomarte algo conmigo, y que no me invitarás tu cumpleaños.

La conexión ha colonizado cada minuto de cada día, cada espacio, cada resquicio abierto para el pensamiento. Dado que el acceso al otro siempre es posible (al contrario que en los tiempos de los cromañones y los teléfonos fijos), la ausencia deja de ser una circunstancia impuesta por las limitaciones materiales para convertirse en una elección; es un delito se comete con alevosía, con saña. Consiguientemente, la presencia se transforma en una exigencia, un requerimiento básico de la relación; cada minuto que no hables conmigo no es un minuto en que no puedas hablar conmigo, sino en que no quieres hacerlo. ¿Y por qué no querrías, eh? ¿Tienes algo mejor que hacer que estar conmigo? Claro que, ¿es correcto establecer analogías entre el contacto real y el virtual? Es decir; ¿equivale la presencia digital verdaderamente a estar con alguien? Difícilmente.

Ya en el mensaje de bienvenida a Facebook, este prometía "conectar personas" (signifique lo que signifique eso).

Por otra parte, la mensajería no es la única forma de comunicación propia de las redes sociales que ha creado nuevos requerimientos para las relaciones. ¿Te parezco divertida si no me das like en Twitter? ¿Somos amigos si no me metes en "mejos"? ¿Y si no publicas fotos conmigo? ¿Puede existir ahora una relación si no se fotografía y no se muestra en la nube, del mismo modo en que diríamos tajantemente que no existe si no se adecúa a nuestros criterios no virtuales (saludarse por la calle, preguntar por la familia)? ¿Cuál es el nuevo estándar de exposición mínimo que se exige a una persona o a una relación para admitir su existencia? Quizás el planteamiento de estas preguntas en sí mismo nos debería llamar a todos a la práctica de una actividad milenaria, que ya recomendaban los médicos victorianos a sus pacientes melancólicos: tocar césped (o sea, ausentarse un rato de todas partes).

Alejandra Martínez Rodríguez




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