Los seres humanos tendemos a
creer que el pasado fue mejor de lo que fue en realidad. El fenómeno tiene
nombre: "retrospección idílica". Se verbaliza a la perfección en este
momento en The Office:
No podemos saber que estamos
viviendo los viejos tiempos, más por una cuestión natural que por una
intelectual; los "viejos tiempos" nos los inventamos después de
haberlos dejado atrás. En Internet hay millones de cerebros y algoritmos
trabajando para elaborar complejos memorísticos en los que imágenes
descontextualizadas y prendas rescatadas de las páginas más denostadas de la
historia de la moda, entre otras, sirven como los elementos estructurales que
sostienen un pasado común e individual que siempre parece mejor que lo que sea
que estemos viviendo ahora. Al fin y al cabo, que algo haya sucedido realmente
nunca ha sido un requisito para que lo echemos de menos.
Se
lleva decir que los millenials y la generación Z somos
generaciones "nostálgicas". Pero cabe preguntarse si vamos más a
la busca del tiempo perdido que nuestros padres o si vivimos en un entorno digital
cuya infraestructura favorece la nostalgia. En Instagram podemos acceder a
antiguas publicaciones, a perfiles de amigos con los que ya no hablamos y a nuestra lista de cuentas bloqueadas. Llevamos siempre una cámara para inmortalizar casi todo en todo momento y que Google Fotos
genere un álbum que recordarnos en "este día" en unos años. Irónicamente,
hay estudios (como este)
que señalan que el uso de redes sociales como "discos duros" de
recuerdos nos vuelve más olvidadizos y que, además, nos impide experimentar del todo nuestras
vidas. Ante la seguridad de que esto pasará, reunimos con
ansiedad las pruebas de que una vez pasó (aquí mismo, bajo una luz algo más
grata). Si no, ¿cómo asegurar que ha pasado? O, peor aún; ¿cómo cerciorarnos de
que no vamos a olvidarlo?
Si ser olvidado es morir, ¿por
cuántas pequeñas muertes no hacemos duelo cuando olvidamos los momentos que no
fotografiamos, o los que se pierden cuando desactivamos la copia de seguridad
de Google porque ocupan demasiado espacio imaginario? Las grandes empresas de
Internet hacen caja alquilando a sus usuarios trasteros de ceros y unos en sus
servidores para que guarden sus recuerdos. Las marcas también sacan partido de
los viejos tiempos con colecciones de los
2000 (el y2k). ¡Vuelve Oasis! En ciertos sectores del espectro ideológico,
la nostalgia es imperativa y determinante (no todos los nostálgicos son
iguales). ¿Qué hay de los recuerdos que confiamos a los archivos de las redes
sociales? ¿Serán eliminados progresivamente, como
las fotografías archivadas en Instagram?
Hay una posibilidad más cercana y peligrosa: que las historias no se pierdan, sino que continúen siendo accesibles entre tantas otras que jamás nos acordemos de dónde están o de leerlas de nuevo, o que estemos demasiado cansados como para buscarlas. Demasiados recuerdos son peligrosos no solo para el estado anímico de una, que puede estar viviendo apaciblemente hasta que Spotify le recuerda esa canción que escuchaba hace unos años, sino también para la memoria colectiva. Aquello que escogemos recordar (o lo que la estructura de la nube nos permite recordar) se convierte en el pasado, y el pasado informa el presente. Tras la distracción aparece a menudo una sensación molesta, como un zumbido. ¿No había entrado yo en esta habitación para hacer algo?
Alejandra Martínez Rodríguez

