El otro día una amiga me contó que le ponía mirarse al espejo mientras tenía relaciones sexuales con su pareja. Me dijo que le excitaba más eso que la propia imagen del cuerpo de su novia. Hablando un poco más, me comentó que le daba miedo. Le daba miedo no sentirse atraída por su pareja, sino por el reflejo que escapaba del cristal: una figura tersa, de pie, apoyada dramáticamente en la cama y sujetando con pasión la cabeza de la amada, quien lamía su entrepierna mientras posaba sus ojos en el cristal. Ese día no solo follaron, adaptaron sus cuerpos al marco del espejo, a las medidas de su reflejo. 160 centímetros de alto y 80 de ancho, las proporciones del narcisismo. Esta idolatría las catapultó hacia otra pantalla, de proporciones menores en este caso, pero de posibilidades multiplicadas. Ya no necesitaban un espejo, sino un móvil. En este momento, con el video iniciado, todo pareció desvanecerse, y lo que antes era el reflejo vivo de un acto pasional, ahora se había convertido en la profanación absoluta del cuerpo. El teléfono había bifurcado su deseo: con una mano se acariciaban el cuerpo y con la otra lo grababan. El espacio que antes ocupaba Eros ahora era gobernado por Tánatos, que recogía sus cadáveres en una pantalla de 15 centímetros de alto y 6 de ancho. Ambas parecían ser conscientes del cambio, alguien se había interpuesto entre su tacto, y sus ojos ya nunca estaban cerrados. Cuando vieron el video, decidieron borrarlo. Ya nunca más se mirarían en el espejo.
El video había sido borrado, pero el recuerdo de la pasión grabada había desestructurado el contacto entre ellas. Virtualizado el deseo, su cuerpo había quedado relegado al plano metafísico de las nubes, donde todo existe pero es intangible, se desvanece con la lluvia. Y así fue como cuando volvió a llover, ninguna de las dos pudo sentir la presión ajena, solo el vapor que había entre sus cuerpos: la imagen pornográfica de 15x6. Se planteaban ahora los límites entre el reflejo y el píxel. El espejo evocaba un reflejo tenue del movimiento vivo, era el agua de Narciso, que se descubre por primera vez; sin embargo, el video había capturado todo lo que el espejo callaba, el píxel había profanado toda dimensión corporal, y encapsulaba su deseo en un objeto mensurable, donde poder alterar el sonido, el color, el contraste o la nitidez. El reflejo mitificaba su pasión, mientras que el píxel la desarraigaba. Ahora podían alterar sus cuerpos sin tocarse, podían hacer ficción. Podían poner el vídeo a cámara rápida, podían ampliar la imagen, podían ponerlo en blanco y negro, hacerlo vintage, podían ponerle subtítulos, podían guionizarlo, podían alterar el fondo, podían incluso hacerlo público, podían hacer de todo. La enumeración las cautivó, llegando incluso a plantear la posibilidad de grabarse otra vez. Si abrían su mente, quizá no fuera tan malo, podían llegar a beneficiarse de la ficción. Quizá con ello podían disfrutar del sexo a todas horas y en todo momento. Quizá incluso podían ganar dinero y ofrecer sus vídeos. Quizá estuvieran a punto de convertirse en estrellas del porno. “!No, no, no!”, exclamó una de ellas. No eran nada de eso... Quizá podían empezar por compartirlo con una pequeña comunidad, solo los más fans. “Bueno... pues a grabarse”.
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