domingo, 8 de diciembre de 2024

¿De dónde viene la ansiedad?

El otro día estuve hablando con mi madre sobre los traumas. Decía yo, muy comprensiva, algo así como; "Debe entenderse a tal persona, aunque no se la justifique, porque tiene muchos traumas". Ella me dio la respuesta previsible que tantas veces hemos oído los jóvenes de cristal como yo de la boca de la generación de nuestros padres: "¿Qué traumas? Antes nadie decía que tenía traumas. Yo no tengo ningún trauma". Pero, aunque he escuchado mil veces la misma idea reformulada de mil maneras distintas, esta vez, por lo que sea, me hizo reflexionar. Desde hace años, entre mis amigos siempre se ha usado muy a la ligera la palabra "trauma". Cuando rememoramos episodios vergonzosos de la ESO, como tal clase, tal error garrafal o tal conversación incómoda, los calificamos, enseguida (y medio en broma), como "traumas". 

En mi entrada sobre el lenguaje de autoayuda pseudo-terapéutico neoliberal, concluí que el uso de este tipo de palabras responde a una necesidad de guía, de sentido. Proporcionan un marco en el que situar el sentimiento para, desde ahí, lidiar con él de acuerdo a unos pasos sencillos, una especie de receta sobre cómo ser un ser humano o cómo actuar. Nadie quiere ser libre, determiné. Trauma, desde luego, es una de esas palabras útiles; permite, muy rápidamente, no solo calificar la importancia de un episodio para nosotros mismos, sino también que los demás se hagan una idea del carácter determinante de un momento pasado para nosotros.

Ansiedad es, quizás, otro de esos términos adoptados del lenguaje terapéutico que hemos asumido en la conversación informal, y otra de esas afecciones que, según mi madre, los jóvenes del pasado no padecían. Lo cierto es que parece que los datos muestran una incidencia creciente de este tipo de trastornos ansiosos entre las personas de 18 a 24 años; en este grupo de edad, uno de cada tres individuos señala haber experimentado un problema de salud mental, ya sea depresión o ansiedad. En el año 2000, la proporción era de uno a cuatro. En España, se ha dado un aumento de las hospitalizaciones psiquiátricas de jóvenes de forma constante desde el inicio de siglo, y el suicidio se ha convertido entre estos en la primera causa de muerte prematura. Además, en torno al 60% de las personas entre 25 y 29 años toma benzodiacepinas para la ansiedad o para dormir mejor

Es evidente que estos datos responden a una serie de causas. Pero ¿a cuáles? ¿Ha desarrollado mi generación simultáneamente una mutación que provoca un desequilibrio químico de fábrica? Se está tratando como si este fuera el caso. ¿Es posible que se esté dando una respuesta farmacológica (y cognitivo-conductual) a un germen mucho más profundo, estructural? Y, por tanto, ¿a qué responde la responsabilización individual de los "problemas" mentales de los individuos a ellos mismos, a una especie de fallo moral o personal o predisposición genética? ¿Qué papel juegan las redes sociales en esta responsabilización, y en el aumento de la incidencia de trastornos mentales, en particular, de la ansiedad? Se me ocurren muchas preguntas. Todas podrían resumirse en: ¿de dónde viene la ansiedad?

Antes, siempre que se me decía que en el pasado la gente no tenía traumas, ni ansiedad ni esas enfermedades modernas se ha inventado mi generación en Internet, yo reflexionaba para mis adentros que la respuesta al debate se daba en una cuestión lingüística. La clave, pensaba yo, era que antes no había palabras que dieran nombre a los sentimientos conflictivos que experimentaban las personas. Ahora, gracias a la divulgación en redes, todos conocemos las denominaciones científicas, objetivas, de nuestros trastornos, que ya existían antes, solo que sin una calificación que nos permitiera tratarlos. Sin embargo, he cambiado de opinión, como he hecho evidente en entradas previas. Ya no estoy tan segura de que estos términos se refieran a realidades objetivas; me pregunto, más bien, si no las crean ellos mismos, para facilitar la existencia (que no la vida) a las personas que se sienten deprimidas o ansiosas en el seno de un sistema al que los "trastornados" no resultan útiles.

Esto complica las cosas, claro. Si el problema no es que las generaciones previas no poseyeran el lenguaje "adecuado", sino que hay un motivo estructural por el cual los jóvenes de ahora sufren más, en general, ¿cuál es este motivo? Es evidente que las redes sociales son solo parte del problema pero, aun así, probablemente se relacionen con la cuestión de muchos modos. ¿O es casualidad que sea la generación que más expuesta ha estado desde su más tierna infancia  a las redes (los "nativos digitales") sea, ya adulta, la que más tiende a desarrollar este tipo de trastornos? Me pregunto, ¿será culpa de la nostalgia? ¿De los nuevos requisitos y formas de relación que impone la infraestructura de las redes a las conexiones humanas? ¿Del lenguaje que en ellas se emplea? ¿Del aislamiento que motiva su uso diario? ¿De la estimulación continua de los receptores de dopamina? ¿De la exposición constante a todos los hechos terribles que se dan en todas partes, con causa humana, y que parecen precipitarnos en todo momento al fin del mundo? Hay muchas cuestiones que me gustaría haber tratado en esta entrada, o en mis entradas de blog, en general, que se han quedado en el aire. Cierro con muchas preguntas, y con pocas respuestas. Pero quizás las preguntas ya sirvan de algo.

Alejandra Martínez Rodríguez

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