miércoles, 4 de diciembre de 2024

Y de repente, soy Dorian Gray.

El surgimiento de las redes sociales, supuso, no sólo la creación de un espacio de interacción entre individuos de forma virtual, sino también un espejo, donde la mayoría de nosotros proyectamos una versión idealizada de nosotros mismos. Enseñamos aquellas partes de nosotros que consideramos buenas, adecuadas, destacables, o incluso inventamos un personaje, bajo el cual ocultamos todo aquello que repudiamos respecto a lo que somos, invisibilizando aquello que, muchas veces, nos hace más humanos. Este fenómeno fue analizado por la filósofa brasileña Marilena Chaui, revelando dinámicas profundas de narcisismo y depresión que van más allá de lo individual, reflejando problemáticas sociales de raíz estructural. 

Es interesante, cuánto menos, la percepción de Chaui sobre cómo el neoliberalismo en la sociedad posmoderna, es capaz de convertir al individuo en un objeto de consumo y rendimiento. Esto permite que, en el universo de las redes sociales, se manifieste la construcción de una identidad virtual marcada por esta idea del yo como espectáculo, como entretenimiento y referente, ahí es cuando nos condecoramos a nosotros mismos como líderes de opinión, pero sin ninguna autoridad, solo ideando aquello que nos gustaría ser. En este caso, hablaremos de narcisismo y depresión.

Las plataformas de contenidos como Instagram o Tiktok, nos invitan continuamente a la exposición de lo “mejor” de nuestras vidas, haciendo con la autoimagen se resuma en un mero producto que debe ser validado a través de likes y comentarios de aquellos que acompañan lo que publicamos en redes. Esta búsqueda de reconocimiento es la base que refuerza un narcisismo frágil, basado en la dependencia hacia la constante aprobación externa. A partir de esto, se concibe la creación de un ecosistema; las vidas ajenas, embellecidas a su máximo, se convierten en el estándar contra el cuál pasaremos a medir nuestro propio valor; si no logramos tener el cuerpo ideal, tener la pareja perfecta, tener los amigos más enrollados, o simplemente estar en un estado de felicidad constante, somos duramente golpeados por la frustración de no alcanzar la perfección inexistente que se nos vende. 

La conversión del yo en un producto de consumo, implica un profundo vacío existencial. La depresión, algo que parece incompatible con aquello que vemos en redes, supone, nada menos, que su consecuencia más oscura. Nos hallamos ante la brecha entre el yo ideal y yo real: ¿por qué no puedo ser lo que proyecto en redes? ¿por qué simplemente no soy suficiente? Al final, es imposible sostener una máscara constante sin enfrentar el peso de la propia desconexión interna. Quizás, perderse a sí mismo, es el precio que se ha de pagar para lograr la perfección impuesta en redes. 

Así es como, de forma completamente paradójica, podemos concluir que cuanto más interactuamos en redes, más aislados podemos sentirnos. La exposición constante a la falsa felicidad ajena, refuerza la narrativa del “fallo personal” en quienes no la experimentan en la misma constancia. Y de pronto, ya no somos usuarios, ya no buscamos conectar con los demás de forma auténtica y genuina, ahora somos productores de contenido, atrapados en un ciclo de relevancia y visibilidad y ahogados por el agotamiento emocional de la presión autoimpuesta por la sociedad digital. Entonces, me pregunto: ¿así se siente ser Dorian Gray?



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