Los jóvenes románticos franceses solían decir que el romanticismo “c’est la revolution”, una revolución contra todo. Puede que los románticos fueran la verdadera generación de cristal, o mejor dicho, que la generación actual le deba gran parte de su espíritu crítico al romanticismo. Y es que, aunque la sociedad viva encasillada en su presente, la realidad actual no es más que una reminiscencia de su pasado. El punto de partida de esta ruptura se encuentra en la concepción de lo humano. Los individuos dejan de estar subordinados a verdades universales y llevan a cabo una emancipación de valores, dando lugar a sujetos que labran su propio camino en busca de esa ansiada libertad. Sin embargo, una vez alcanzada, el individuo actual se plantea nuevos paradigmas: pasando de la autoconfirmación del yo a la identidad confusa. El avance del capitalismo y las nuevas tecnologías han dado como resultado a un nuevo humano que no solo se cuestiona su libertad individual, sino además su naturaleza misma. En este momento en el que “lo real” o humano se difumina entre “lo ficcional” o tecnológico, se abre paso a nuevos planteamientos filosóficos que buscan explicar la esencia de la identidad. De esta manera, no es de extrañar que con la caída de los grandes metarrelatos, sea también el propio sujeto quien caiga detrás de ellos.
Un ejemplo de esto lo encontramos en el debate actual que protagoniza el feminismo. Hace años, feministas como Virginia Woolf luchaban por la emancipación de la mujer. Sin embargo, desde un tiempo esta protesta es tan divergente y amplia como el concepto mismo del género. Y es que, ¿quién le iba a decir a feministas como Virginia que, una vez conseguida la liberación femenina, la lucha se centraría en definir lo que es una mujer?. El transgenerismo, por lo tanto, no es más que otra renuncia a un valor universal: el binarismo de género. La individualidad que en el romanticismo propició la reivindicación de las minorías, en la actualidad se ha intensificado hasta el punto de crear discrepancias dentro del propio grupo marginado. Además, otro factor de especial importancia en la construcción del yo es el capitalismo consumado que define nuestros días. Lo que antes se formulaba desde el “tú debes”, en las sociedades disciplinares se ha transformado en un “tú puedes”. Esta sociedad del rendimiento en la que vivimos hoy, ha provocado que los individuos se sientan completamente libres, volviéndose empresarios de sí mismos capaces de todo. Así, la coacción propia es más eficaz que la coacción ajena, ya que no es posible ejercer ninguna resistencia contra sí mismo. Esta idea de dominio de la naturaleza ya estaba presente entre los románticos, sin embargo, esa libertad que el hombre moderno necesitaba para autodefinirse, en la actualidad se autodestruye: pasando de Robinson Cruseo al Lobo de Wall Street. El resultado de esto convierte la libertad romántica en una ilusión, estando más cerca del esclavo hegeliano que del Prometeo liberado. Entre estos dos, solo hay una pantalla.
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