martes, 3 de diciembre de 2024

Conversaciones Incómodas

Me atrevo a decir que las conversaciones incómodas han existido siempre. Las temáticas abordadas por ellas pueden variar. Un “te quiero”, un “adiós”, un “te odio” y hasta un “me debes dinero” componen, entre otras, la trama central de estas molestas conversaciones. No obstante, estas suelen imponerse, precisamente por su carácter violento, sobre el resto de charlas banales que desarrollamos en nuestro día a día.  Son las conversaciones incómodas las que recordaremos en el futuro y a las que adjudicaremos mayor valor; ya sea por la premeditación implícita en su desarrollo o por la importancia, intensidad y posibles consecuencias de las palabras que las conforman. 

El escenario perfecto para que estas conversaciones tengan lugar es un escenario íntimo. Por ello, con el ánimo de burlar la espontaneidad que identifica a los encuentros cara a cara, las conversaciones incómodas suelen ser desplazadas a canales o medios que permitan una mayor planificación y comprensión de lo dicho. La comunicación por carta es un ejemplo perfecto de esto. Recurrir a la carta para el desarrollo de estas pláticas engorrosas permite ocultar su característico nerviosismo que, de ser mal resuelto, puede conducir a la expresión incorrecta de lo querido. Además, la carta se asemeja a la conversación en directo porque permite que su emisor, se deshaga del mensaje. Una vez la carta es enviada, el contenido de la misma abandona la interioridad de su escritor que queda en cierto modo, liberado. Lo mismo ocurre cuando, en las conversaciones incómodas orales, el hablante deja marchar las palabras de su boca, pensamiento y mente. 

No obstante, cabe destacar la existencia de un modo de respuesta al mensaje en carta bastante incómodo: la respuesta al margen. En este caso, el receptor de la carta inicial decide articular su contestación sobre el mismo papel. De este modo, la carta es devuelta a su emisor con anotaciones; un emisor, que creía haberse deshecho de lo expuesto en ella para siempre. Hoy en día casi nadie envía cartas, pero, sin embargo, este tipo de réplica cargante se ha convertido en lo habitual. 

Los mensajes vía Whatsapp, Instagram o incluso los SMS, se han transformado en el espacio por excelencia para las conversaciones incómodas. Al mandar un texto por estas aplicaciones, el mensaje no desaparece. Nuestras palabras y pensamientos más embarazosos y vulnerables permanecen con insistencia en el chat. Nuestro receptor, se ve obligado a responder prestando atención a cada uno de los caracteres que componen el incómodo mensaje inicial; mensaje que le observa desde la parte superior izquierda de la pantalla. Por muy benévola que sea la respuesta, el transmisor primero se ve forzado a tener un reencuentro con su voluntad que, en este escenario, nunca llega a ser liberada por completo, sino que se queda encerrada en 6 o menos pulgadas de pantalla. 

Al iniciar conversaciones violentas por la vía digital, se elimina el nerviosismo inicial y característico de la comunicación oral. No obstante, este es sustituido por otro tipo de ansiedad. A través de diferentes mecanismos ofrecidos por estas aplicaciones, el emisor puede saber el momento exacto en el que su revelador mensaje ha sido recibido, visto e ignorado. Además, estos mismos mecanismos permiten que el texto enviado pueda ser difundido con facilidad por lo que, muchas veces, la respuesta dada se convierte en un esfuerzo grupal y no individual (no nos atiende nuestro receptor en su soledad sino, todas aquellas personas a las que ha hecho partícipes de nuestro mensaje).  También permiten que la respuesta pueda convertirse en algo intrascendente: 



Debemos sumar valor a la difusión de nuestras palabras y, sobre todo, si estas albergan en ellas intereses personales; ya sea un “te quiero”, un “te odio” o un “me debes dinero”. Puede que a veces, merezca la pena pasarlo un poquito mal y mirar a nuestro receptor a la cara. Puede que a veces, merezca la pena agarrar un papel y un boli para poder liberar de verdad a nuestras palabras. Es cierto, muchos whatsapps y demás mensajes online son recibidos en soledad. Sin embargo, el marco en el que actúan puede ser considerado contrario a la intimidad. Por mucho que un mensaje amarillo asegure serlo a lo alto del chat.



NAYARA GARDE, GRUPO 61

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